Día 34

Apenas dormí esa noche. Los ruidos de la ciudad me acunaban en Madrid, allí solo estaban los ronquidos de los viejos sin sus dentaduras postizas. Tenía a una mujer maravillosa durmiendo a pocos metros de mí. Yo le gustaba, pero había rechazado mi propuesta de intimar. ¿Por qué lo había hecho? ¿Acaso la amistad era más fuerte que el deseo? Creí conveniente cambiar mi modo de mirar al mundo. Esos últimos meses, me había transformado en una persona enfermiza, egoísta, inconsciente. No veía más allá del disfrute personal, no era capaz de empatizar, pero exigía que lo hicieran conmigo.

Laura se levantó como si la conversación del día anterior no hubiera tenido lugar. Sonreía constantemente, hacía bromas sobre lo que desayunaríamos, si los purés de tostadas con mermelada estarían bien pasados por la batidora, si se atascaría el filtro de la piscina con algún peluquín; cosas, que en otras circunstancias me hubieran hecho gracia, pero en ese momento, solo pensaba en lo que Laura pudiera sentir por mí y cómo debería comportarme yo respecto a eso.

Nadamos durante un rato, luego fuimos a una sauna, unos musculados caballeros nos dieron masajes, los chorros de agua templada relajaron nuestras espaldas, en fin, al final del día, los nudos de mi cuerpo se habían exiliado, la diáspora de las contracturas.

Toda la alimentación era a base de verduras, infusiones y zumos, debería haber metido alguna chocolatina en el neceser. Laura se deleitaba entre platos de colores imposibles, mientras yo removía con la cuchara aquella espesa crema de no sé qué.

Llegó la hora de dormir. Tanto viejo junto y en el hilo musical no había sonado ni una sola vez la canción de “Los pajaritos”, eso era el fin del mundo. Laura se duchó antes que yo, teníamos el cuerpo lleno de cloro y quizá de las babas de los abuelos que se sentaban a contemplarnos mientras sus mujeres marujeaban. Cuando salió del baño, su piel, aún húmeda rebosaba luz. Me quedé unos segundos mirando su cuerpo, ella parecía sentirse incómoda.

–          ¿Pasa algo? –preguntó.

–          No, nada. Me había quedado embobada pensando.

–          ¿Aún no te has desintoxicado?

–          Si me estás hablando de sexo, estoy tan relajada que no creo que mi vagina sea capaz de contraerse –mi comentario hizo que explotase en una carcajada, a la que yo acompañé con la mía.

Llevábamos un rato acostadas, cuando Laura prendió la luz. El resplandor me dejó ciega durante unos segundos, pero, poco a poco me fui amoldando a la nueva intensidad. Ella me miraba fijamente, como si algo en su interior quisiera salir y no sabía cómo.

–          ¿Sabes qué día es hoy? –preguntó con gran misterio.

–          Sábado.

–          Hace un año que nos vimos por primera vez.

–          ¿Un año? Parece que fue hace un siglo. Qué vergüenza pasé ese día. Todas aquellas chicas, y yo, una sáfica novata.

–          No. Me refiero a la primera vez, en el bar. Quería pasar este día contigo.

–          Ah. El día de mi transformación.

–          Te amo. No quiero que me contestes, no quiero que digas absolutamente nada, pero debía confesártelo. Llevo meses viendo cómo vas y vienes con distintas cochinonas, cómo eliges a tu próxima presa y atacas. En todo este tiempo, no lo has intentado conmigo ni una vez, salvo anoche, y porque no había otra –escuché con atención, sentía curiosidad por saber a dónde quería llegar con todo aquello-. Quiero que sepas que me ha dolido mucho. Creo que no eres consciente de que haces sufrir a la gente que te rodea. Nos vuelves locas, locas por ti. No sé qué desprendes, pero mataríamos por poseerte, aunque solo sea un rato. ¿Sabes cuánto me costó anoche no hacer el amor contigo? Eres una estúpida. Te estás perdiendo cosas preciosas por no mirar en el interior de las personas. La gente madura, tú vas al revés. Eras tan dulce cuando te conocí, que no podía creer que fueses real. Luego te transformaste en una vampiresa lésbica. Te odio y al mismo tiempo te amo –apagó la luz.

¿Cómo podía decirme todo aquello y no permitirme responder a nada? Sabía que tenía razón en cada uno de sus reproches, era estúpida. Las distintas situaciones me habían llevado a serlo, incluida ella y su extraña relación con Blanca. La rabia corría por mis venas, el calor trepaba por mi cuerpo. Esa conversación no se quedaría ahí. Encendí la luz, fui a su cama y me senté en el borde.

–          Dices que me amas desde hace tiempo y yo no soy capaz de creerte. Te pasaste una noche entera desnuda entre mis brazos y, al día siguiente, le regalabas caricias a Blanca. ¿Cómo crees que me sentí yo? Estaba enamorada de ti. Me pasé semanas llorando porque la mujer a la que consideraba mi primer amor, me había dado con la puerta en las narices sin ninguna explicación. ¿Sabes cómo me he sentido yo durante todo este tiempo de aventuras sin importancia? ¿Sabes realmente algo de mí? No puedes decirme que me amas cuando ni tan siquiera me conoces. Has sido una buena amiga, has estado a mi lado, pero tú sí que no has visto más allá. Quizá todo lo hiciera por ti –ni yo había sido consciente de aquello-. No solo me enamoré de una imagen que mi mente formó, sino que la realidad era aún mejor que lo que mi cabeza soñaba.

–          ¿Me estás diciendo que me quieres?

–          Te estoy diciendo que te amo desde el primer día. ¿Quién es la estúpida ahora? ¿Quién es la que no mira en el interior de la gente?

Laura se incorporó, e intentó atraerme hacia ella, yo no lo permití. Me levanté y me fui de nuevo a mi cama. Prefería estar sola en ese momento. Me sentía desnuda ante un montón de curiosos. Había desvelado algo que me rasgaba por dentro, algo que me había estado negando tanto, que hasta me había autoconvencido, estaba enamorada de aquella idiota. Meses luchando contra ello de forma inconsciente y terminaba confesándoselo al mismo tiempo que yo lo descubría.

 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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