Día 33

Ese fin de semana no sé cuántas bocas pude probar. Había aprendido una cosa de Lucía, el sexo sin compromiso daba muchos menos problemas.

En mi vida anterior, no mantenía relaciones sexuales con mucha frecuencia. Es más, no necesitaba hacerlo. Me resultaba divertido, pero no imprescindible. Cuando tenía unas ganas imperiosas, buscaba a algún chico del que mis amigas pensaran que era guapo, y me acostaba con él. También jugaba yo sola, pero me resultaba monótono y terminaba más frustrada que excitada.

En este punto de mi vida, quería mantener el mayor número de experiencias que pudiera. Ampliar conocimientos era mi meta, volverme una perfecta máquina sexual, mi objetivo.

Las lesbianas promiscuas no deberían tener nombre, yo les ponía número, me es más sencillo de recordar. Los nombres solo sirven para dirigirse a alguien, y con esas mujeres no pensaba mantener una conversación muy larga, es más, no lo necesitaba. Para que después digan que somos difíciles de llevar a la cama.

Mi vida se rigió de esta forma durante algunos meses. Mis amigas pensaban que me estaba volviendo una adicta al sexo, cuando en realidad solo intentaba escapar de mis problemas de una forma menos agresiva que los alcohólicos o los drogadictos.

Terminé aceptando los consejos de Laura, frenando un poco el ritmo de mi caótica vida. No dormía más de tres horas, no rendía en el trabajo, mis amigas me acosaban para ser las siguientes en acompañarme al baño. Yo no era así, no sabía qué estaba pasando. Eché la culpa a las locas de Esther y Carmen, pero en realidad era yo quién se sentía sola y acudía a cientos de labios para creer que era apreciada.

Una tarde, después de mucho meditar, fui a casa de Laura. Ella me recibió como siempre, con mucho cariño. Nuestra relación empezó de un modo extraño, pero conseguimos cultivar una gran amistad.

–          Creo que tengo un problema. No sé por qué me acuesto con todas esas chicas. No soy así, ya lo sabes. Sigo siendo esa tonta que mira a una chica en un bar y termina completamente enamorada de ella.

–          Cielo, todas pasamos por distintas fases cuando aceptamos nuestra homosexualidad. Es normal que ahora picotees de todas partes, pero terminarás cansándote y volverás a buscar a una persona que te llene, no que te deje seca.

–          Ya me he cansado. Pero ahora no sé cómo pararlo. Son ellas las que vienen a mí.

–          Diles que no quieres nada, en un par de semanas, habrán olvidado quién pretendías ser.

Quizá Laura tenía razón. Debía empezar de cero. Resistirme a las tentaciones carnales y mostrarme más espiritual. Me propuso un plan, un fin de semana en un balneario en la Sierra de Gredos. La idea no me convenció demasiado, pero acepté, al menos así me mantendría alejada del foco de mis problemas.

El balneario estaba en un enclave privilegiado. El agua fluía por todas partes, incluso por las paredes del hotel. La media de edad no es que fuera baja, pero los abuelillos no me molestarían demasiado, o eso esperaba.

Laura y yo compartíamos habitación, aunque cada una tenía su cama. No entendía cómo continuaba con Blanca, esa relación era más falsa que la de los monarcas medievales. Laura merecía alguien mucho mejor. Es verdad que, durante una temporada, nuestras relaciones eran algo tensas, pero comprendí que estaba desquiciada por su aquella mujer. Blanca era cualquier cosa menos buena persona.

Mi amiga me arrastró a las piscinas de aguas termales nada más desempacar el equipaje. Su cuerpo ganaba mucho en bañador, aunque en mi retina aún se conservaba el recuerdo de su desnudez.

Aquella noche, caí rendida en la cama, pero lo hice en la de Laura, que me miró con extrañeza.

–          ¿Qué haces? ¿Te da miedo dormir sola?

–          Me estoy desintoxicando y para ello necesito mi metadona.

–          ¿Me estás pidiendo sexo? –preguntó extrañada.

–          Sí. No. Puff, no sé –respuesta que provocó la risa de Laura.

–          Anda. No quieres acostarte conmigo. No estoy a la altura. Solo he tocado a una mujer.

–          ¿Solo te has tirado a Blanca? –alucinada me quedé.

–          Sí –contestó con rotundidad.

–          Quizá deberíamos cambiar eso.

–          Yoli, venga, no digas tonterías. Te acostaste con tu mejor amiga, lo que empeoró vuestra relación. ¿Quieres que nos pase lo mismo?

–          Aquello era distinto, había expectativas. Sabes que yo no quiero nada serio, sería un polvo sin complicaciones.

–          No existen los polvos sin complicaciones, y menos entre nosotras.

–          No te entiendo.

–          Yoli, me gustas desde que te vi en aquel bar. Eso ya es una complicación.

Se levantó y, sin darme derecho a réplica, se fue a la que se suponía sería mi cama. ¿Aún le gustaba? ¿A mí me seguía gustando? ¿Quería perder esa amistad? Miles de preguntas. Menos mal que había ido a desconectar…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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