Día 32

Las chicas estaban especialmente juguetonas ese viernes. Se pavoneaban ante otras hembras, incluso, alguna, conseguía separar a una de las presas del grupo y acorralarla en el baño durante diez minutos, después, depositadas sus hormonas en los dedos de su pareja, la abandonaban a su suerte para poder seguir esparciendo su esencia por los cuerpos de otras féminas. Ni los documentales de la tele eran tan instructivos en el arte del apareamiento.

–          ¿Qué opina Blanca de que salgas todas las noches con nosotras? –pregunté.

–          Le da igual. Hemos decidido tener una relación abierta. Mientras yo estoy de risas, supongo que ella se folla a alguna chica.

–          ¿Y te parece bien? –aquel tipo de unión me resultó sorprendente.

–          Me da igual. Lo nuestro es más un pacto que una relación. Si nos separábamos teníamos que vender ciertas cosas, tramitar algunos papeles y nos costaría mucho dinero y tiempo. Es más fácil así. Yo vivo en mi casa y ella en la nuestra.

–          No lo entiendo.

–          No sé qué decirte, niña. Las cosas son más fáciles así. Nuestras familias están contentas y eso es lo que más me importa. Nos llevó mucho tiempo que aceptaran lo nuestro, y si ahora vamos diciendo que hemos roto, las cosas se pondrían algo feas.

–          Sigo sin entenderlo, pero si crees que es lo mejor… Recuerda que tienes mi apoyo en lo que sea.

–          Muchas gracias, cielo.

Tenía un raro presentimiento aquella noche. Me sentía observada. Lo atribuí a lo radiante que me veía, y a la innegable atracción que las mujeres sentían por mí.

Laura me arrastró hacia la zona de baile. Las canciones lentas predominaban en ese local, por lo que tuve que poner mis brazos sobre sus hombros, y ella los suyos en mi cadera. Me seguía pareciendo la mujer más guapa del mundo, pero no quería nada que fuera más allá de la amistad, era algo que ambas teníamos claro. Mientras bromeábamos sobre mi falta de coordinación, unas manos nos separaron bruscamente.

–          ¿Por esta tía me has dejado?

–          ¿Has vuelto con ella?

Esther y Carmen se habían situado frente a nosotras, enfurecidas. Toda la gente nos miraba. Me dio tanta vergüenza que me di la vuelta y salí del local, escoltada, por supuesto, por mi séquito de perturbadas.

–          ¿Se puede saber qué coño estáis haciendo? –pregunté claramente irritada.

–          Te llevamos siguiendo toda la noche. Hemos visto cómo te comportas con esa lagarta.

–          ¿Que me qué? –iban a rodar cabezas-. No os volváis a acercar a mí en la puta vida. ¿Ha quedado claro?

–          No, tienes que elegir –dijo Esther-. ¿Carmen o yo?

–          Ninguna. Adiós –dije poseída por Nuria González en “El rival más débil”, y con un golpe de cabeza, me marché.

Aquellas dos pánfilas se quedaron petrificadas en la acera. Yo regresé con las chicas. Todas esperaban una explicación después del escándalo, pero yo quería disfrutar, no contar que tenía un club de acechadoras.

Una muchacha se me acercó, me miró fijamente a los ojos y me dijo: “si te molestan, dímelo. No me gusta que las tías buenas sufran”. Aquel armario empotrado se acababa de ofrecer para ser mi guardaespaldas. Soy lesbiana, lo sé, pero preferiría compartir mi tiempo con Kevin Costner que con una matona de barrio. Le agradecí el ofrecimiento y me dirigí a las chicas.

Algunas amigas de Carmen se acercaron esa noche a saludarme. Decían echarme de menos, pero yo ya sabía sus intenciones con  respecto a mí, incluso pensaba sacar provecho de ello. Lucía era muy mona, odiaba los compromisos y en los corrillos se comentaba que lograba hacer que una mujer tuviera más de diez orgasmos seguidos. No podía desperdiciar esa oportunidad.

En vez de contonearme, como el resto de sus presas, quise ser más clara. Me acerqué a su oído y le susurré: “te espero en el baño, no tardes”. Mis pasos correspondieron mis palabras. La compañía no se hizo esperar.

Contra la pared de aquel mugriento lavabo tuve una experiencia sexual más que placentera. Lucía era capaz de desabrochar el botón de un pantalón vaquero con los dientes. Las lenguas de mis anteriores amantes no habían sido tan hábiles. Solo diré una cosa, los rumores se quedaban cortos.

Cuando salimos, mi cara se enrojeció de pronto, creo que las paredes de los lavabos no están muy bien insonorizadas, y a mí me resultó imposible reprimir los gemidos que emanaban de los más profundo de mi ser.

–          No deberías hacer eso –dijo Laura-. Ahora todas te envidiamos.

–          Calla –contesté avergonzada.

Carmen comenzó una nueva disputa, pero esta vez con Lucía. Esther me miraba con odio. Y a mí me importaba todo una mierda. Ni yoga, ni hostias, un polvo que me hiciera soltar alaridos era lo que necesitaba, y esa noche lo había obtenido. Estado actual: relajadísima.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Día 32

  1. littleparrot dice:

    Cómo ha avanzado la cosa… se nota que estás inspirada

  2. remendona dice:

    Que va, es que ya lo tengo escrito. Ahora lo que me falta es inspiración para el siguiente.

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