Día 31

Después de una noche sin ataduras, en la que el sexo no fue de lo mejor, pero que tampoco estuvo mal, no tenía ganas de aguantar una absurda conversación con la que se había autodenominado mi ex amiga.

Me limité a terminar con todo el trabajo atrasado, a regresar a casa y a salir con las chicas. Por fin era viernes y podría dormir en condiciones.

Al llegar al portal, me encontré a mi “querida” Puri en la puerta. Esperaba que no tuviera otra sobrina a la que quisiera que le enseñara la ciudad, con una me bastó. Pero no, su cometido como portera era bien distinto, informar a los vecinos de una gran desgracia.

–          Yolanda, no sé cómo decirte eso, pero se ha estropeado el ascensor –dijo afligida.

–          Bueno, no viene mal subir escaleras. Hay que hacer algo de ejercicio.

–          Sí, con la edad que tienes, debes cuidarte. ¿Tomas leche con calcio? La osteoporosis es muy puñetera -¿la qué?, ¡será puta!-. Mi madre la tuvo, pero mírame a mí, con cuarenta añitos y tan sana.

–          En cada pierna –mascullé y ella hizo como que no lo oyó.

–          Por cierto, estás muy delgada. ¿Te has quedado sin trabajo? Intenta ir a Cáritas, pero no dejes de pagar la Comunidad, que eso es cosa de todos. Este es un edificio de gente de bien y no queremos morosos entre nosotros.

–          Que tenga una magnífica tarde, Puri –dije mientras intentaba escabullirme.

–          Oye, ¿sabes algo de Esther? Siempre me pregunta por ti. Le he dicho que debes tener un novio o algo, porque sales cada noche. Espero que te respete. No se puede ser una fulana toda la vida, hay que sentar la cabeza. Te haces vieja y ningún hombre querrá casarse con un trasto usado.

Ni respondí. Aquella malnacida me sacaba de quicio. Y encima le contaba mi vida a la sobrinísima. En ese punto, creí necesario hacer algo de yoga.  La relajación no era uno de mis fuertes, pero quizá, si lo intentaba, no terminaría agarrando a alguien del pescuezo. Aunque ese día preferí tranquilizarme con un baño, luego, la música y el alcohol harían el resto.

El agua caliente de la bañera cubría completamente mi cuerpo. Era una sensación única, todos mis músculos se volvían pesados, pero no de cansancio, más bien eran esponjas absorbiendo algún tipo de energía cósmica. Cerré los ojos, inspiré y metí las orejas debajo del agua. Me encantaba el sonido metálico que rebotaba en las paredes. Me pareció oír el timbre, pero preferí desechar la idea, era mi momento y no dejaría que nadie lo estropeara.

Salí del baño bastante arrugada. Mi madre siempre decía que parecía una viejecita, a mí me hacía gracia e imitaba el comportamiento de los ancianos, encorvando mi espalda y escondiendo los dientes. Qué lástima perder la frescura de la infancia.

Envuelta en mi albornoz rojo, crucé el pasillo para ponerme algo de ropa. Me quedaría leyendo hasta que se acercara la hora de la fiesta. El sofá me esperaba con sus brazos abiertos.

El timbre sonó nuevamente. Esta vez no pude ignorarlo, llamaban con una insistencia irritante. Descolgué el telefonillo, pero no se oía nada con claridad, por lo que abrí. Esperé detrás de la puerta. No sabía quién era, pero las prisas por llamar no se correspondían con las de subir. Abrí la mirilla, Carmen estaba al otro lado. Suspiré y dejé que entrara.

–          Llevo media hora llamando. ¿No querías abrirme?

–          Estaba en el baño. ¿Qué quieres? – pregunté enfadada.

–          Te quiero de vuelta. Te echo de menos, Yoli. No puedo seguir enfadada contigo. Me da igual con quién salgas, pero te necesito como amiga.

–          Esta mañana me has llamado idiota y ahora quieres ser mi amiga. ¿Eres bipolar? Lo único que quiero es que me dejes tranquila. Me hiciste mucho daño, ¿crees que puedo perdonarlo sin más?

–          No, sé que obré mal, pero, joder, Yoli, no vamos a alejarnos por una chica. Y menos si le estás poniendo los cuernos.

–          Vamos, que como crees que no quiero a Esther y que le pongo los cuernos, ahora podemos volver a estar como antes.

–          No he dicho eso.

–          Pues lo parecía.

Iba a pedirle que se fuera, cuando la puerta sonó. Me dirigí a ella y abrí. ¿Todas las lesbianas se creen con derecho de entrar en la casa de los demás como si fuera la suya?

–          Ahora lo entiendo todo. Estás con Carmen, ¿no? –gritó Esther.

–          ¿Qué haces aquí? –pregunté indignada- . Y no grites. Esta es mi casa y aquí no se levanta la voz.

–          No estamos juntas –puntualizó Carmen.

Yo solo tenía ganas de berrear. Aquello era una locura. Se echaban cosas en cara, me las echaban a mí, hablaban del pasado, se inventaban historias sobre mis relaciones. Estaba harta de toda esa tontería.

–          Las dos fuera de aquí ahora mismo –sentencié.

–          No me voy a ninguna parte. Quiero que volvamos.

–          ¿Pero no estabas con ella? ¿Entonces lo de la camarera va en serio? –Carmen y sus meteduras de pata.

–          Que os vayáis. Esther, no quiero volver contigo, ya te di los motivos, y sigo manteniéndolos. Carmen, cuando te aclares sobre tus prioridades y te vuelvas algo más racional, hablamos, mientras tanto, sigo siendo idiota. Con quién me acuesto es cosa mía. Fuera de aquí. He quedado en una hora y tengo que arreglarme.

Creo que mi tono dejó clara mi postura y ambas obedecieron. Cerré la puerta tras ellas. Me apoyé en la pared y me dejé caer. No volvería a salir con una chica en la vida. Se acabaron los bollodramas. Locas, que están todas locas, y a mí me volvían igual.

A las ocho estaba en la Plaza de Chueca. Laura era la única que había llegado, lo que me dio la oportunidad de contarle lo acontecido. No dejaba de reírse, y yo no le veía la gracia a todo aquello.

–          Las tienes loquitas, ¿eh?

–          Loquitas están –puntualicé.

Esa noche, pensaba ser la más puta de todas las lesbianas. Se había acabado eso de querer, de ser buena, de mirar por los demás. La única que me iba a importaría desde ese momento era yo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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