Día 30

Su voz me estremeció, los pelos de la nuca se me erizaron. No esperaba aquella encerrona, ni la proposición indecente que recibí. Además venía de aquella chica sin nombre, con la que no intercambiaba más que saludos y agradecimientos. Una mujer en la que no me había fijado nunca, ni había pensado que pudiera ser lesbiana.

–          Era una broma, no te asustes, el café te lo pondré igualmente, es mi trabajo.

–          No me asusto, perdona. Me has sorprendido. ¿Qué haces por aquí?

–          El bar es de una amiga y vengo siempre que puedo. ¿No coges la cerveza?

–          Sí, muchas gracias. Perdona, pero no sé ni cómo te llamas.

–          Me llamo Bea. Tú eres Yoli, ¿verdad?

–          Sí. ¿Cómo lo sabes? –no recordaba haberle dado mi nombre nunca.

–          Mi trabajo es saber quiénes son mis clientes. Y tu amiga es Carmen, ¿verdad?

–          Es mi compañera de trabajo, nada más –contesté con resignación.

–          Pues parecía que había algo más. Bueno, no importa. Me alegro mucho de haberte visto y espero que no te asustaras. No sé me da muy bien ligar.

–          ¿Ligar? –me dejó aturdida.

–          Sí. Eres una chica muy guapa. Siempre eres amable conmigo, incluso cuando vienes con cara de pocos amigos. Me han dicho que lo mejor es invitar a una chica a una cerveza, luego darle conversación, acercarte sutilmente y besarle.

–          A mí no me preguntes sobre técnicas de ligue, porque no tengo ni idea.

–          Pues tendré que pensar un plan mejor. ¿Qué te parece si te saco de aquí y te llevo a ver las mejores vistas de Madrid?

–          No sé. Estoy con las chicas y …

–          Bueno, al menos lo he intentado –dijo resignada-. Nos vemos mañana.

–          Hasta mañana.

Mi primer día como soltera convencida y ya había ligado, no era justo. Entré al baño, volví con las chicas y me senté a terminarme la cerveza. Ellas seguían parloteando sobre tipos de orgasmos y zonas erógenas. La conversación me resultaba bastante deprimente, pues parecía el club de las solteras y enteras. Me levanté y me despedí de ellas, no podía aguantar ni un segundo más a aquellas chismosas.

–          ¿Te importaría enseñarme las mejores vistas de Madrid? –pregunté a Bea.

Ella sonrió y me cogió de la mano. Fuimos hasta su coche. Por el camino casi no hablamos, parecíamos dos colegialas avergonzadas por lo que pudiera pasar. Llegamos media hora después a un mirador en Paracuellos.

Tenía razón, nunca Madrid me había parecido tan bonito. Se veían las luces, se distinguían los edificios, rezumaba grandiosidad, lo que hacía que yo me sintiera más pequeña. Bea no soltó mi mano en todo el tiempo que estuvimos admirando las vistas. De vez en cuando, apretaba sus dedos un poco, pero al instante, volvía a aflojarlos. Se notaba que quería acercarse a mí y no sabía muy bien cómo.

Esa vez, yo tomé las riendas. Me giré sobre mis pies y le besé. Sus músculos estaban aún más tensos que antes, pero consiguió desentumecerlos y abrazarme. Parecía una persona muy tierna, y eso era lo que yo necesitaba en ese momento.

–          No quiero que pienses que soy una chula o algo así, pero no busco una relación. En este momento de mi vida, me gusta ser soltera –le advertí.

–          No te preocupes, a mí me gusta que los seas.

Estuvimos un rato más allí subidas, pero el frío empezaba a penetrarme la piel. Me propuso ir a su casa y yo acepté. Lo que no sabía era que compartía piso con tres chicas más. ¡Qué vergüenza encontrarme a una en el baño! Lo que haría sería irme después del polvo, pensé. A veces no entiendo por qué me molesto en darle vueltas a la cabeza, siempre acabo haciendo lo que menos me conviene.

Solo lo hicimos una vez, lo que fue toda una novedad para mí. No estuvo mal, pero se notaba que nos faltaba química en la cama. Lo mejor fue que durmió toda la noche abrazada a mí, me pareció bonito. Su tibio cuerpo contra mi piel resultaba relajante.

A la mañana siguiente, el despertador se adelantó a la salida del sol. Eran las seis y Bea tenía mucha prisa. Abría el bar a las siete y no le iba a dar tiempo a dejarme en casa, por lo que propuse quedarme con ella hasta que abrieran mi oficina a las ocho.

–          Me dijiste que si pasaba la noche contigo me prepararías el café.

–          Todos los que quieras.

Pasamos un rato charlando de mil temas, y yo le dejé aún más claro que aquello había sido un rollo de una noche. Parecía no importarle mucho, cosa que agradecí profundamente.

A las ocho menos cuarto, el bar estaba lleno de clientes. No dejaban de entrar y de salir, entre ellos, vino Carmen. Se sorprendió más que yo de verme allí. Pensaba que no se acercaría, pero me miró, se giró hacia Bea, me volvió a mirar y se dirigió a mí.

–          Buenos días –dijo en un tono serio-. ¿Has dormido bien?

–          Buenos días. Sí, gracias. ¿Y tú?

–          También. ¿Me pones lo de siempre? –preguntó a Bea, que afirmó con la cabeza-. Veo que estás ampliando horizontes. ¿Sabe Esther que te acuestas con la camarera?

–          Carmen, me dejaste muy claro que no éramos amigas. Yo no hablo de mi vida privada con compañeras de trabajo. Si no te importa, voy a terminar de desayunar, que tengo que ir a trabajar.

No dijo nada. Casi mejor así. Estaba muy enfadada con ella. Su comportamiento conmigo durante las últimas semanas fue vergonzoso, no podía esperar que yo olvidara todo con un chasquido de dedos.

Me despedí de Bea y, cuando me disponía a salir, Carmen me agarró con fuerza del brazo.

–          ¿Esto es lo que quieres? ¿Verte sola? Pues quédate sola –dijo con gran irritación.

–          Carmen, has sido tú quien ha provocado esto. Ahora no me jodas. No me quieres como amiga, pues estupendo, pero no voy a estar bailándote el agua.

–          Eres idiota.

–          Gracias –y me fui.

 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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