Día 29

Había traído pastas. Sabía que Laura prefería el té, así es que compré su favorito. Necesitaba que se sintiera cómoda, necesitaba que estuviera conmigo.

Por fin sonó la puerta, y tras ella estaba Laura. Me saludó con un poco de desconcierto. No  le había dicho el motivo de nuestra cita y creo que ella temía que intentara algo. Yo le gustaba, pero sabía que había vuelto con Blanca, además, suficientes líos tenía ya en mi cabeza como para meterme en más.

Le conté todo lo que había pasado con Esther y con Carmen. Ella escuchaba atentamente mis palabras, incluso me tendió un pañuelo cuando vio que mis ojos se enrojecían a la llegada de las lágrimas.

–          No sé qué hacer, Laura. Siento mucho tener que meterte a ti, pero no tengo a nadie más.

–          Mi niña, no te disculpes. Me alegro de que confíes en mí después de todo. No sé muy bien qué decirte. Sabes que yo he estado mucho tiempo fuera del mercado, y, aunque tenía los mismos líos en casa, conseguí sobrellevarlos saliendo con las chicas. ¿Por qué no te vienes hoy? Cenaremos, tomaremos unas copas, bailaremos. Seguro que lo pasas bien.

–          No creo que tenga ánimo para ello. Y no quiero amargarles la fiesta.

–          No amargas a nadie. Te vienes y punto. Ya va siendo hora de que pienses un poquito en ti y menos en lo que opinan los demás –dijo mientras me abrazaba.

A Laura solo le faltó empujarme a la ducha. No quería salir, pero quedarme en casa acrecentaría aún más la soledad que sentía.

Fuimos a un tranquilo bar de Chueca. Estaban casi todas las chicas que conocí en mi primera visita al mundo gay. Reían, contaban batallas sexuales, comentaban las últimas novedades de películas y series de temática. Parecía un buen plan, pero mi cabeza estaba en otro lado, no sabía muy bien dónde, pero lejos. Supuse que me estaba desintoxicando de Esther y del resto de mis relaciones pasadas.

No me había terminado aún la cerveza, cuando la camarera se acercó a traerme otra. Le miré con extrañeza y me dijo que era una invitación de una chica de la barra. Todas las muchachas jalearon, como si yo fuera una estrella del rock. Con la bebida venía una nota: “pensaba que eras más de descafeinado con leche fría, pero hoy te queda muy bien el rubio de la cerveza”. ¿Quién podría escribirme una nota así? Miré por todo el bar, pero ningún rosto me resultaba conocido, ninguna mujer me miraba para hacerme ver que era ella quién se me insinuaba.

Me levanté y me dirigí a la barra para pedir explicaciones a la camarera. Me contó que mi admiradora se había marchado antes de que yo recibiera su obsequio. ¿Por qué haría alguien algo así? ¿Para qué coquetear conmigo si no se iba a dejar ver? Nada tenía mucho sentido, pero iba a juego con estos meses de mi vida, tan descoordinados.

No tardé mucho en volver a casa. La semana aún estaba a medias y yo había pensado más que trabajado durante esos días. Aun así, prometí volver a la noche siguiente. No me sentía integrada, pero ellas querían que formase parte de algo más grande que yo misma.

Y eso hice. Terminé de trabajar, me fui a casa, me volví a duchar y me arreglé para salir. Habíamos quedado directamente en el bar de la noche anterior, empezaba a refrescar y ninguna quería resfriarse por culpa de las tardonas.

La mesa parecía reservada para el grupo. Hoy el tema de conversación eran las posturas sexuales. Yo no sabía mucho de eso y menos aún me había molestado en ponerle nombre a las posiciones de placer. Luego pasaron a poner motes a sus órganos sexuales, a sus pechos, a los de sus parejas, a los de sus ex. Laura no me mencionó, cosa que agradecí, no tenía ganas de que hablara de mis partes íntimas en público, y menos aún, si los nombres venían acompañados de descripciones.

–          Yo tenía una novia que lo tenía como un filete de ternera –dijo una de las chicas-. El mismo tacto, el mismo color, pero demasiado crudo para mi paladar.

Todas reían y reían. Yo imitaba los comportamientos lo mejor que me era posible. La mayoría de los comentarios rozaban la obscenidad y eran soeces, pero parecían hacer las delicias del resto de contertulias.

Me levanté al baño, entre estar sentada, las cervezas y las carcajadas, mi vejiga dijo basta. Había bastante gente haciendo cola, cosa normal si era cierto que dentro de los urinarios se dedicaban a saciar instintos en vez de vaciarlos. Un susurro en el oído me sobresaltó:

–          Hoy te traigo yo la cerveza. Pero si lo prefieres, pasa la noche conmigo y te pongo el descafeinado con leche fría.

La voz me resultaba familiar. Me inquietaba quién pudiera ser, pero el pasillo era estrecho y no dejaban de pasar por mi lado. Al fin pude girarme. ¿Cómo pude no darme cuenta? La camarera del bar al que iba cada mañana.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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One Response to Día 29

  1. AURA dice:

    Por aqui sigo, enganchadisima a la historia, pero el deber me llama, volvere, un saludo escritora

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