Día 28

Me sentí dolida después de la conversación con Carmen. Siempre había pensado que si te daban a elegir, era mejor optar por la otra opción. Pero ella era mi amiga, mi mejor amiga en los últimos meses. Había estado a mi lado en mi nuevo rumbo, me había consolado por Laura, sus consejos fueron fundamentales en los pasos que di. No quería perder su amistad, pero tampoco el amor que sentía por Esther. En otra época hubiera escogido la amistad, pero en este punto de mi vida, en el que me encontraba emocionalmente tan sola, necesitaba de las caricias de Esther.

Estaba confusa. Carmen me había facilitado las cosas con Esther. Me había dado su número de teléfono, su dirección en Berlín, me empujó hacia ella y luego quería negarme lo que me había brindado. Era absurdo, no se puede aplicar la lógica en los sentimientos, pero, al menos, debieran tener algo de coherencia.

Durante toda la jornada, Carmen ni me miró. Estaba riéndose, pululando por la oficina como si nada hubiera pasado. Quizá era a ella a quien nuestra amistad le importaba poco.

A las seis y media, acudí puntual a mi cita vía Skype con Esther. No iba a ser lo mismo, pero podría desahogarme con ella. Por fin la pantalla me devolvió una imagen.

–          ¿Por qué estas desnuda? –pregunté desconcertada.

–          Porque solo quiero que me veas así. ¡Qué ganas de que sea viernes y nos escapemos! Me da hasta morbo.

–          Anda, no digas tonterías. Vístete, que te vas a resfriar.

–          No, quítate la ropa, que te voy a hacer gozar.

El cibersexo siempre me había parecido un invento de adolescentes para cascarse unas pajas y demostrar el tamaño de su pene. Pero mis manos dejaron de ser mías, para pasar a ser dirigidas por su voz. Su rostro de placer en la pantalla, creaba en mí más ansiedad. No sé muy bien cómo transcurrieron las cosas, pero terminé jadeando junto a ella, sudando, exhausta. No podía considerarlo un acto corriente, pero Esther sabía cómo alimentar mi sed de placer.

–          Esto no es nada. Con las ganas que te tengo vas a tener que pedir la baja por agujetas.

–          Eres un poquito chula cuando no estás cerca, ¿no? –su descaro aumentaba mis ganas de poseer su cuerpo.

Así fueron mis días durante una semana laboral. De casa al trabajo, donde era despreciada por Carmen, y del trabajo a casa, donde Esther me hacía descubrir los secretos más profundos de mi cuerpo.

Al fin llegó el viernes. Cuando fueron las cuatro, cogí el coche y me dirigí al aeropuerto. En media hora volvería a sentir su piel en mis manos. En los pocos ratos libres que me daba, busqué un hotel rural acorde con nuestras necesidades. La sierra de Madrid estaba plagada de rincones con encanto.

Cuando las puertas se abrieron y apareció tras ellas Esther, no podía contener la emoción. Me saludó con un inmenso abrazo, y un discreto beso en la mejilla, ella sabía que a mí me incomodaba mostrar afecto en público.

Durante el camino, me contó todo lo que le había pasado durante la semana, y yo lo acontecido con Carmen.

–          ¿Por qué no me lo habías contado?

–          Porque estábamos ocupadas en otras cosas. Prefería sentirte que amargarte el poco rato que podemos estar a solas.

–          Es idiota. Lo único que le pasa es que nos quiere a las dos para ella. Siempre fue así. Ansía lo que no puede tener, pero, si es capaz de acceder a ello, lo desprecia. De todas formas, no te preocupes, en un par de semanas se le habrá pasado e irá a ti como si nada –sus palabras eran tranquilizadoras.

No volvimos a hablar de Carmen, ni de trabajo, ni de nada. En todo el fin de semana, descubrimos mutuamente todas las posturas que pueden dar placer a una mujer.

Primero una junto a la otra, acariciándonos todo nuestro ser. Después yo sobre ella, sentada, tumbada, sintiendo cómo entraba dentro de mí, cómo lograba que sus roces erizaran mi piel. A continuación, Esther se sentó sobre mis labios, donde pude saborear la excitación que yo le estaba provocando. No todo fue en la cama, creamos figuras imposibles en una silla que hacía las veces de descalzadora, y la mayoría de potro de placer. Sus manos, sus labios, sus pechos, toda ella se amoldaba a mi cuerpo como si hubiéramos sido creadas en un mismo molde. Nunca había imaginado que el sexo pudiera ser tan placentero y menos si provenía de manos de una mujer.

Los días juntas llegaban a su fin. Ambas estábamos cansadas, pero hubiéramos aguantado una semana más sin salir de esa habitación. Volví a dejarla en el aeropuerto. La despedida fue aún más amarga que la anterior.

Llegué a casa envuelta en lágrimas. Mi cuerpo no tenía fuerzas para seguir avanzando, me sentía sola, perdida en una relación más sexual que amorosa. Me gustaba estar con Esther, adoraba pintar su cuerpo con mi lengua, pero, en realidad, no sabía quién era esa mujer. No quería hablar conmigo, tan solo hacer el amor durante horas y yo dudaba de si realmente me quería o tan solo se divertía junto a mí.

Según iban pasando los días, yo me sentía más abrumada. Apenada por la puesta en escena de aquel romance. No éramos amigas, no éramos amantes, tan solo hacedoras de placer carnal.

En una de nuestras citas sexuales por internet, mientras ella disfrutaba de su cuerpo, yo comencé a llorar sin consuelo. Esther lo vio perfectamente, pero no le interesaba mi estado anímico, solo su propio éxtasis.

–          Esther, no puedo más.

–          Un poco más, ya casi estoy –me ignoró completamente.

–          No, Esther, esto se ha acabado.

–          Bueno, no te pongas así. Mañana intentaré hacértelo mejor.

–          No, ni mañana ni nunca. No quiero seguir con esta relación. Me hace daño. El sexo está bien, pero no hay más.

–          ¿Solo bien? –aquello me enfureció.

–          No, es magnífico. Pero eso es lo único que te interesa. No pensé que fueras así.

–          ¿Así cómo?

–          Tan egoísta. Te he dicho que me haces daño, que me duele estar contigo, que necesito a alguien con quién compartir mi vida, no solo mi cama.

–          Pensaba que te gustaría más así.

–          Me pides fidelidad y al mismo tiempo no cubres el resto de mis necesidades –volví a llorar.

–          Vamos, que has conocido a alguien que vive más cerca y pasas de mí, ¿no? –dijo enfadada.

–          ¡No! No he conocido a nadie y tampoco creo que te molestara mientras siguiera acostándome contigo. No te importo. No vuelvas a llamarme, se acabó.

Me pasé días lloriqueando por los rincones. No sabía si había hecho bien en terminar mi relación con Esther. Estaba enamorada de ella, pero fui consciente de que no era algo recíproco. Era mejor así, me repetía, pero no llegaba a creérmelo.

Otra vez sola, y esta vez sin Carmen. No tenía a quién recurrir, necesitaba desahogarme con alguien. Mis amigas de siempre no sabían nada de todo aquello, ni lo iban a entender. Solo había una persona con la que pudiera hablar, Laura. Accedió a quedar conmigo la tarde del miércoles. Esta vez vendría a casa, sabía que yo terminaría llorando y no quería hacerlo en “nuestro bar”.

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en Uncategorized, Yoli y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s