Día 27

No sabía cómo podía sentir tantas emociones con ver a una mujer. Esther era todo lo que yo hubiera querido, guapa, inteligente, simpática, sonriente. Su mayor defecto, que odiaba la relación que yo mantenía con Carmen.

–          Esther, de verdad que no hay nada entre ella y yo. ¿Crees que me cruzaría media Europa si quisiera estar con Carmen?

–          Ya sé que ahora no quieres, pero ¿puedes asegurarme lo mismo dentro de un mes?, ¿un año? No, no puedes.

–          Pero nadie puede adivinar el futuro. Ninguna chica puede prometerte realmente estar contigo en un año. Sé lo que siento hoy. Sé que quiero estar contigo. Dame solo la oportunidad de demostrártelo.

–          No. Prefiero estar sola a pasarme el día pensando en vosotras dos haciendo a saber qué.

–          No me pienso marchar hasta conseguir lo que he venido a buscar –no podía rendirme.

–          Puedes quedarte a dormir en el sofá, pero mañana debes irte. Me duele mucho todo esto. Siento muchas cosas por ti, pero no puedo vivir así, entiéndelo, por favor.

–          Lo único que entiendo es que eres la primera mujer a la que quiero –aquella frase salió de mí sin pensarla, era cierto que lo sentía, pero no quería precipitarme tanto.

–          ¿Me has dicho que me quieres? –estaba asombrada.

–          Sí, te quiero. No lo puedo evitar. Es una estupidez, nos hemos visto tres días, pero sé que te quiero. Lo siento, soy idiota. Olvídalo.

Sin dejar que terminara mis disculpas, se echó sobre mí. Ambas caímos al suelo, el golpe fue duro, pero mereció la pena tenerla nuevamente entre mis brazos.

Nos pasamos el fin de semana en la cama. Nos levantábamos lo justo para comer y realizar otro tipo de necesidades. Todo ese tiempo lo invertimos en hacernos el amor, en sentirnos, en explorarnos, en lograr que explotáramos en gritos de placer.

El domingo había llegado, la hora de mi vuelo se acercaba y yo deseaba quedarme ahí, con ella. Fuimos juntas al aeropuerto. No me soltó la mano ni un segundo, algo que agradecí, porque creía morir cuando no tenía su piel rozando la mía.

La despedida fue dura. Nunca había besado a una chica con tantos observadores, pero Berlín parecía una ciudad más abierta que Madrid con respecto a los homosexuales.

–          La semana que viene voy a verte. A ver cómo conseguimos que mi tía no se entere.

–          Eso es imposible. Alquilo una habitación en un hotel rural, ¿vale?

–          Me parece perfecto. Pero con chimenea, que quiero quitarte la ropa a la luz del fuego.

–          Calla, que hay gente –estaba pasando mucha vergüenza.

–          No te preocupes, nadie nos entiende. Pocos hablan castellano y los que saben, pensarán que hablamos muy rápido.

–          Te quiero. ¿No puedo quedarme unos días más?

–          No, ambas tenemos que trabajar. Anda, ve ya. Te quiero.

Me sentí un poco Nino Bravo, pero sin flor. Me giraba de vez en cuando para comprobar que Esther seguía ahí, y así era.

El vuelo fue horrible. No sé si la cabina estaba medio despresurizada o que yo estaba completamente enamorada, pero aquella presión sobre mi pecho me dificultaba el respirar.

Mi casa parecía un lugar diáfano. No reconocía mis muebles, mis cosas, era como si aquella escapada hubiera cambiado mi percepción del mundo. Pasé de estar en una nube, a sentir angustia. No dejé de pensar en Esther en toda la noche. El despertador acompañó sus gemidos en mi memoria.

Al llegar al trabajo, Carmen me recibió con los brazos en jarra. No solo tenía que lidiar una semana con no poder ver a Esther, que encima tenía que hablar con su ex.

–          ¿Qué pasa? –pregunté desganada.

–          Eso tendrás que contármelo tú.

–          Desayuno a las once. Luego hablamos.

Mi cara debió ser bastante convincente, porque no insistió más. A las once en punto, como si de un reloj suizo se tratase, Carmen aposentó su culo en mi mesa, instándome a que le acompañara.

–          ¿Cómo te has podido liar con Esther? –parecía indignada.

–          Porque nos gustamos. No entiendo a qué viene todo esto.

–          Es mi ex. Te dije que aún sentía algo por ella. ¡Joder!, eres mi amiga. ¿Así me tratas? No esperaba que me apuñalaras por la espalda.

–          ¡Yo no he apuñalado a nadie! –grité-. Además, tú me diste su dirección en Berlín. Pensaba que me dabas tu aprobación. No te entiendo.

–          También te dije que era tu responsabilidad usar bien esa información, esperaba que no fueras. Nunca has tenido valor para hacer nada, ¿por qué iba a ser diferente con ella?

–          Mira, no sabía que era tu ex, no sabía ni que os conocíais, lo único que sé es que quiero estar con ella.

–          Vale. Pero conmigo no cuentes. Ya sabías lo que yo sentía y aun así has continuado con una relación que no irá a ninguna parte. Has ganado un corto romance, pero me has perdido a mí –y se marchó.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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