Día 26

Estaba sola en la calle, con ganas de gritar o de llorar o de patalear, ¿quién sabe? Cogí el móvil, pero recordé que no tenía el número de Esther, aún no se lo había pedido, no había hecho falta. ¡Qué idiota soy! No pesaba ir a casa de Puri a buscarle, por ahí no pasaba. Yo no había hecho nada malo. Sí, es verdad que me había acostado con la ex de mi actual amante, pero antes de saber si quiera que existía.

Volví al bar, seguro que Carmen me daba su número. Según entré por la puerta, todas las miradas se dirigieron hacia mí. Fui hacia la mesa.

–          ¿Es verdad que te has acostado con Carmen? –preguntó una de las chicas.

–          No contestes, que son una panda de cotillas. ¿Le has alcanzado?

–          No, se subió en un taxi. ¿Tienes su número?

–          Sí, toma. No te preocupes, se le pasará el enfado.

Salí fuera y llamé. Después de mucho insistir, la voz de Esther respondió a mis súplicas.

–          Esther, por favor. Vuelve. Tenemos que hablar.

–          Ya estoy en casa de mi tía –susurró-. Yoli, déjalo, es mejor así. Vivo muy lejos y tú tienes algo con Carmen con lo que ni puedo ni quiero competir.

–          No tengo nada con Carmen, somos amigas, solo eso.

–          No es cierto.

–          Hablemos, por favor. Deja que te lo explique. ¡Joder!, ni sabía qué estaba pasando. Tengo derecho a defenderme, ¿no?

–          Vale, cuando se duerma mi tía subo a tu casa.

No me despedí de las chicas y me fui corriendo para casa. Esperé y esperé durante dos horas. Allí nadie apareció. Quería coger el teléfono y volver a llamarle, pero no me pareció prudente. A las tres de la mañana, cuando mis esperanzas se habían agotado, Esther golpeó la puerta con mucho cuidado. Abrí y ella entró. Sus ojos me decían que había estado llorando, pero su expresión continuaba siendo de enfado.

–          Esther, no hay nada entre Carmen y yo. Sí que lo hubo, hace un par de semanas. Estábamos en Sitges, una cosa llevó a la otra y nos acostamos. Pero eso fue todo. Es mi amiga, mi mejor amiga. Desde entonces las cosas no andan muy bien entre nosotras, pero no porque sintamos algo, sino por la vergüenza que nos da todo lo que pasó.

–          Sé que no te has acostado con ella desde que estás conmigo, no te ha dado tiempo. Pero ya he vivido esto, ya he pasado noches en vela esperando que una compañera de trabajo no intentará nada con la mujer que amaba. No puedo repetir la misma historia.

–          Pero nada se va a repetir. No pasó nada antes de eso entre nosotras, casi ni nos hablábamos –no sabía cómo convencer a aquella chica de que me gustaba.

–          No te hablaba porque le daba vergüenza enfrentarse a ti, porque tenía miedo de que le correspondieras y no poder evitar hacerme daño. Eres una chica estupenda, pero aquí se acabó todo.

–          No quiero que se acabe. Me gustas tú. Quiero estar contigo, solo contigo. Quiero coger un vuelo cada semana para ir a verte. Quiero que hagamos el amor en cada rincón de tu apartamento.

–          Yoli, es mejor dejarlo ahora. Casi ni nos conocemos. Más adelante nos haría mucho daño.

–          A mí ya me lo está haciendo.

–          Mañana me vuelvo a Berlín. En unos días todo se te habrá pasado y continuarás con tu vida.

–          ¿Es realmente lo que quieres? –estaba claro que había perdido a la mujer más extraordinaria que había conocido.

–          Es lo mejor. Tengo que volver antes de que mi tía se dé cuenta. Espero que todo te vaya muy bien.

Y así se quedó la cosa, ella se marchaba y yo me quedaba con el corazón roto .Todas las esperanzas que había puesto en esa relación, se habían escurrido entre mis dedos.

Pasé un par de días fatal. No sabía qué hacer. Iba a trabajar y parecía parte del mobiliario, volvía a casa y no encendía ni la tele, me tumbaba en la cama y no me movía hasta la mañana siguiente.

Un mensaje de texto me dio la solución a mi problema: “Rosa-Luxemburg Straβe 18, Berlín. Tú sabrás lo que haces con ella”. Carmen me había mandado la dirección de Esther. Busqué vuelos que salieran el viernes después de comer. Iría a su casa y no podría evitar hablar conmigo.

A las seis y media de la tarde estaba en el amarillo edificio de Esther, buscando el timbre que correspondiera a su puerta. Un vecino salió y yo aproveché para colarme. Vivía en el último piso. Decidí tomar las escaleras. Llamé a su timbre y abrió sin preguntar.

–          ¿Qué haces aquí? –se notaba lo sorprendida que estaba.

–          He venido a verte. No quiero que las cosas queden así entre nosotras.

–          Anda, pasa. No sé qué van a pensar los vecinos.

–          Te pareces a tu tía Puri –su mirada de odio me fulminó.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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