Día 25

Me adecenté como pude, pero la insistencia de Puri no facilitaba el asunto. Esther también se preparaba. Me sentí como una adolescente a la que sus padres casi pillan besándose con algún chico.

Abrí la puerta despacio, mientras le daba tiempo a Esther para que llegara al sofá.

–          ¿Está mi sobrina aquí? Me ha dicho que no tardaría y ya han pasado dos horas. Esta chica puede conmigo. Le mando a su casa esta misma tarde. Espero que en Berlín no haga estas cosas, porque no es ni medio normal.

–          Perdona, Puri. Es que su sobrina me estaba contando lo importante que es ser decente en los tiempos que corren. Me decía cómo se refugiaba en la fe para no cometer actos impuros y lo ansiosa que estaba por conocer a un buen mozo con el que casarse, para poder formar una familia cristiana –tendría que haberme hecho actriz- . ¿Quieres pasar?

–          No, hija, no. Me parece un tema de conversación precioso. Espero que escuches con atención las sabias palabras de mi niña. Os dejo solas para que continuéis. Dile que baje  para cenar.

Y se marchó. Parecía que mi escusa había sido de lo más convincente. Esther se reía sin parar, mientras decía: “¡qué morro le has echado!”. Yo tampoco pude contenerme las ganas y exploté en una sonora carcajada.

–          Encima que viene a joderme cuando prefiero mil veces que lo haga su sobrina, no voy a aguantar sus sermones. Por cierto, ¿qué es eso de Berlín?

–          Vivo allí. Tengo un trabajo en una empresa alemana. Soy casi una jefecilla y todo.

–          ¿No pensabas contármelo?

–          Sí, claro. Pareces defraudada.

–          Pensaba que esto iría a alguna parte –la verdad es que me sentía completamente decepcionada.

–          Y va. Me gustas mucho, Yoli. No quiero perder lo que tenemos. Vengo una vez al mes, podemos pasar fines de semana juntas. Aunque trabajara aquí, no podríamos vernos cada día.

–          ¿Me estás hablando de una relación a distancia? No sé si podría.

–          Podemos intentarlo. No quiero perderte. No sabía que iba a encontrarme con una mujer tan maravillosa, y ahora que la tengo conmigo, no voy a dejar que te me escapes.

–          Pero, un finde al mes no es suficiente. Yo quiero verte más –empezaba a dolerme el pecho.

–          Vendré más. Siempre que quieras. Tú también puedes ir. Tengo un apartamento en Alexanderplatz. Te encantará.

No me convencían mucho sus argumentos, pero me sentía tan bien a su lado, que tuve que aceptar las condiciones.

–          ¿Por eso lo dejaste con tu ex? –pregunté.

–          No. Me fui a Berlín dos meses después de romper. Ella no me quería, por mucho que dijera que sí. Y yo también dejé de amarle. Estoy casi segura de que se enamoró de una de su trabajo, pero no tuvo valor para reconocerlo.

–          Tuvo que ser duro.

–          Lo fue. Pero ya pasó. Le deseo lo mejor. Sé que no me engañó, pero su lucha interna no le dejaba continuar conmigo y yo me cansé de esperar a que se decidiese.

El teléfono interrumpió nuestra conversación. Era Carmen, quería verme esa noche. Por mucho que me negué, por más que le dije que Esther estaba ahí conmigo, no cedió. Incluso me obligó a llevarla. A mi nueva amante le pareció estupenda la idea. Estaba ansiosa por conocer a mis amigas, por meterse en mi círculo, creí que realmente le gustaba y aquella relación podría llegar a buen puerto.

A las diez de la noche, habiendo dormido solo un par de horas, nos presentamos en el lugar señalado, un bar que le encantaba a Carmen, con mesitas y la música no demasiado alta, supuse que de esa forma el tercer grado le resultaría más sencillo. El resto de las chicas también iría, y yo esperaba que mitigaran un poco las ganas de Carmen por saberlo todo.

Justo antes de entrar, sonó mi móvil. Era Laura y tenía la obligación de atenderle. Insté a Esther a que fuera entrando y me pidiera una cerveza.

La conversación con Laura no fue muy larga. Se disculpó por lo que había hecho y me agradeció que le hubiera cogido el teléfono. Parecía hasta agradable. No intentó nada más. Se despidió y listo.

Ahora era el turno de enfrentarme a las arpías escrutadoras. Cuando entré, me sorprendió ver a Esther sentada en la mesa con el resto de chicas. Parecían tener una conversación muy amigable. Todo parecía muy extraño.

–          Hola chicas –dije saludando con la mano.

–          Bueno, ¿dónde está? –preguntó Carmen.

–          ¿Dónde está quién?

–          Esa de la que no te querías despegar ni un momento.

–          Ahí –afirmé mientras señalaba a Esther.

El gesto de todas cambió de inmediato. Parecía que había hecho algo horrible. Esther me miraba, no sé si sorprendida o enfadada.

–          ¿Yoli es la misma Yoli de la que no parabas de hablar? –le dijo Esther a Carmen.

–          A mí no me mires, que estoy tan sorprendida como tú. Te vas a Berlín, vuelves unos días y te lías con mi Yoli.

–          ¿Tu Yoli? –ahora estaba segura de su enfado.

–          ¿Qué pasa? ¿Alguien puede explicármelo? –pregunté atónita.

–          Pues resulta que la chica que le gustaba a mi ex, eras tú, porque mi ex, es Carmen.

–          ¿Esther es el equipaje que te impidió quedarte conmigo en Sitges?

–          Ah, que encima os habéis acostado juntas. Esto es el colmo. Me voy.

Salí detrás de Esther, necesitaba hablar con ella, hacerle entender que no había nada entre Carmen y yo. Pero mis piernas no fueron tan rápidas como el taxi que se la llevó.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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