Día 24

Un taxi nos dejó en la puerta sobre las siete de la mañana. Desde que salimos del Medea, no dejamos de juguetear con las manos, con los labios. Resultaba todo excitante, pero al mismo tiempo, muy tierno. Ambas sabíamos que no podríamos pasar la noche juntas y menos después de ver a Puri señalando el reloj desde la terraza. Nos reímos, y aquella señora con su bata de flores pareció molestarse más aún.

Entramos en el portal, y nuestros cuerpos se unieron de nuevo. No quería soltar a Esther nunca. El pitido del ascensor anunció nuestra llegada a casa de su tía. Ella estaba en la puerta, dando voces.

–          ¡Esto no son horas! ¡Esta es una casa decente! ¿Qué le voy a decir mañana a tu madre? ¡Qué disgusto se va a llevar! Si la culpa es mía por dejarte con esta mujer de vida alegre -¿me acababa de llamar puta?-. Y vendrás borracha. Anda, métete para dentro, que estamos montando un escándalo. Jovencita –dijo señalándome- esperaba un poco más de respeto por tu parte. Con todo lo que he hecho por ti. Y nada de dormir hasta las tantas, a las ocho te levanto. ¡Qué disgusto! No me habéis dejado dormir en toda la noche, casi llamo a la policía. Entra, que no sé qué voy a hacer contigo.

La puerta se cerró y yo hice lo mismo con la del ascensor. Subí a mi piso, me duche, me vestí, desayuné y vuelta al trabajo. Con esa noche tan espléndida, había olvidado por completo el marrón que me esperaba en la oficina.

–          Yoli, ven a mi despacho –obedecí como una niña buena, o más bien resacosa-. Cierra la puerta.

–          ¿Pasa algo?

–          ¿Por qué no me llamaste ayer? Te dije que lo hicieras. Estuve esperándote toda la tarde.

–          Lo siento. Tampoco había mucho que decir.

–          ¿Cómo que no? Chiquilla, has salvado a la empresa. He hablado con la junta directiva, te vamos a ascender. Eres la mejor. Pero que sea la última vez que me tienes en ascuas.

–          Lo siento.

Me fui a mi sitio, dejé el bolso, me senté y los ojos se me cerraron. Unos golpecitos en la espalda evitaron que entrara en hibernación.

–          ¿Has vuelto con ella?

–          ¿Con quién?

–          Con Laura, ¿con quién iba a ser?  Mira, no es de mi incumbencia, pero soy tu amiga y debo decirte que no es trigo limpio. Hoy te devuelve la cuenta y cuando os enfadéis, te la quita de nuevo. No puedes estar así.

–          ¿Por qué crees que he vuelto con ella? –a veces Carmen me desconcertaba.

–          No sé. Por ejemplo por la sonrisa tonta que traes, o porque se ve que no has dormido en toda la noche, porque no diste señales de vida ayer.

–          ¿Podemos dejar esto para otro momento? Ahora no tengo cuerpo.

Por fin había llegado la hora de mi desayuno. Hoy necesitaba cafeína, y la camarera lo sabía. Carmen me siguió hasta el bar. Era inagotable y hasta que no le contara todo, no iba a parar.

–          No he vuelto con ella. No nos hemos acostado. Fui a su oficina y estaba follándose a su ex. Discutimos, le dije que me dejara en paz y punto. No pasó nada más.

–          ¿Dónde has estado toda la noche?

–          Por ahí –tampoco tenía que andar dando explicaciones siempre.

–          ¡Estás con otra! No paras, hija.

–          Anda, déjame tranquila –me exasperaba.

–          No hasta que me lo cuentes.

Y eso tuve que hacer. Hablarle de mi romance con Esther, aguantar las risas de Carmen al descubrir que era la sobrina de Puri, confesar que me gustaba…

–          Me alegro de que no te quedaras con Laura. Esta chica me cae mejor.

El día pasó lentamente. Las teclas debían estar ancladas, porque me costaba horrores pulsar cada una de ellas. Menos mal que Mateo se percató de mi estado, y, pensando que había estado toda la noche convenciendo a Laura para que volviera, me dejó salir temprano.

Por fin en casa, me tumbé en el sofá y caí en los brazos de Morfeo, hasta que el dichoso timbre sonó. De esa vez no pasaba, lo iba a desconectar, arrancaría los cables y podría vivir tranquila en mi propia casa. Abrí la puerta, y allí estaba Esther, más guapa que el día anterior, con una sonrisa que le iluminaba el rostro.

–          ¿Puedo pasar?

–          Claro, pasa.

–          Le he dicho a mi tía que lo de anoche fue culpa mía y que iba a subir a disculparme por haberte llevado por el mal camino.

–          Disculpas aceptadas. Eres una pésima influencia para esta mujer de vida alegre.

–          En realidad he venido a besarte, porque no puedo aguantar ni un segundo más.

Se lanzó a mis brazos, la ropa volaba por los aires, su cuerpo ardía, el mío temblaba. Ansiaba ese momento desde la anterior noche y, por fin, tendría a Esther envuelta en mis sábanas.

Hicimos el amor muy lentamente. Ella me pedía paciencia y yo me veía incontrolada. No sé cuánto duró aquello, pero sí cómo terminó. Para variar, Puri se presentó en mi puerta justo unos segundos antes de que yo tuviera el tercer orgasmo más grande de mi vida. He de decir que los dos anteriores fueron esa misma tarde. Ahora tocaba solventar el problema con mi vecinita. La falta de ropa, los pelos de loca y el sudor corriendo por mi cuerpo no creo que me dieran muchas posibilidades de escusa.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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