Día 23

Allí estaba yo, saliendo del portal de mi casa como una ladrona, junto a una chica que no conocía, mientras era observada por Puri y con cinco euros de más en la cartera. Menudo plan me esperaba esa noche. Al menos Esther no se parecía a su tía, eso me consolaba algo.
– ¿Te parece si cogemos un taxi? Supongo que bebes y no quiero que luego tengamos problemas –resultaba hasta protectora, ¡qué desconcertante! -¿Te gustaría ir a cenar a un italiano que conozco?
– Por mí, bien.
Paramos un taxi, Esther le indicó que nos llevara a la calle Colmenares. Yo no tenía ni idea de dónde estaba, pero debía dejarme llevar o tendría que devolverle el dinero a Puri…
El restaurante era normalito. Había sitio de sobra y nos sentaron justo en el centro de la sala, como si fuéramos un gran adorno que contemplar. Yo pedí unos ñoquis cuatros quesos y un entrecot de buey con salsa de setas. Esther eligió tomar una ensalada Toscana y unos medallones rellenos de jamón y ricota al funghi. Todo sonaba delicioso y más con la presentación que traían. Parecían auténticas obras de arte culinarias.
– ¡Está delicioso! –no me gustaban mucho los restaurantes sofisticados, pero aquel merecía la pena.
– Pues espera a probar la “muerte por chocolate”.
– Estoy ansiosa.
La cena transcurrió bien. No es que hubiera mucha conversación, pero al menos la compañía resultó ser agradable.
– ¿Te puedo hacer unas preguntas?
– Claro –contesté.
– ¿Eres católica? ¿De derechas? ¿Qué opinas de los homosexuales?
– No entiendo ese interés repentino por mi tendencia política.
– ¿No quieres contestarme? –preguntó algo decepcionada.
– Sí, claro. No, no soy ni católica ni de derechas. Pero no sé qué responder sobre los homosexuales. ¿Debo pensar algo en concreto? Según tengo entendido son personas que se sienten atraídas por otras de su mismo sexo. Si esperabas una respuesta científica, lo siento.
– No, solo quería saber si eras homófoba.
– ¿Tú lo eres?
– Siendo lesbiana sería algo incongruente, ¿no crees?
– ¿Todas esas preguntas para confesar tu homosexualidad?
– Sí. No quiero que mi tía se entere. Mi familia lo sabe. Viví un par de años con una chica. Pero mi tía Puri es insufrible. Va de católica, apostólica y romana, para terminar siendo únicamente una metomentodo que se cree con la capacidad moral de juzgar a la gente.
– Creo que yo no la hubiera definido mejor –dije riendo mientras le tendía la mano-. Encantada de conocerla, señora Esther la lesbiana –ambas reímos.
– ¿Te importa si vamos a un bar de ambiente? Hace mucho que no salgo por Chueca, y lo echo de menos. Coslada puede pretender ser una ciudad, pero es un pueblo más con su correspondiente mentalidad.
– No me importa. Casi mejor, porque yo también soy del club.
– ¿Eres lesbiana? –gritó sorprendida.
– Tampoco hace falta que se entere todo el restaurante.
– No me lo hubiera imaginado. No pareces la típica lesbiana.
– ¿Cómo debería ser entonces?
– No sé, quizá no tan guapa, además, has tragado sin rechistar con sacar a una chica que no conoces, renunciando a tus planes por una vecina trastornada.
– No tenía planes. Pensaba quedarme en casa. No he tenido un buen día.
– ¿Tienes novia? –parecía muy interesada por mi vida amorosa.
– No, no tengo. Hace poco que he salido de mi propio armario. Y, por lo que he visto, prefiero seguir siendo soltera.
– Haces bien.
Esther tenía razón, el postre era una delicia. No sé cuántas horas de gimnasio me costaría quitarme todo ese chocolate de encima, pero mereció la pena.
Después de una cena en la que nos habíamos quitado todos los tabúes, nos fuimos a un pub en el que, por lo visto, hacían los mejores mojitos del mundo. Yo opté por un daikiri de fresa, siempre me gusto más el sabor dulce que dejaba en la boca. Cuando nuestro cuerpo empezaba a anquilosarse de estar sentadas, nos fuimos al Medea. Yo no había estado nunca, y entendí por qué cuando vi el rango de edad.
– ¿No somos un poco mayorcitas para este sitio? –pregunté.
– No, es solo que hemos llegado pronto.
Resultó que la sobrinísima era una estupenda bailarina y yo el pato mareado que daba vueltas a su alrededor. Las chicas no dejaban de mirarle y ella parecía encantada de ser el centro de atención.
– Hacía mucho que no me sentía así –me confesó.
– ¿Cómo?
– Libre.
Me pareció una respuesta envidiable. Quizá esa noche no sintiera la libertad del mismo modo que ella, pero disfrutaba de su compañía.
– ¿Te importa si te beso? –preguntó.
– ¿Perdona?
– Que me gustas y quiero besarte. Estamos solteras, no hay nada de malo en ello. Además, me gustas muchísimo.
– Nunca me habían preguntado eso, no sé qué decir.
– Entonces no te lo pregunto y directamente lo hago.
Y precisamente eso hizo, darme un beso tan largo que duró hasta las seis de la mañana.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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