Día 22

Tener otra vez a Laura en la misma estancia me hacía sentir incómoda, y más después de ver cómo fornicaba con la que se suponía era su ex, esa mujer a la que odiaba, por la que había tenido que renunciar a su vida. Yo no sé si Blanca era capaz de poseer la mente de Laura con algún tipo de brujería, pero, desde luego, eso era lo que parecía.

–          ¿Por qué no has contestado a mi correo? –encima tenía el morro de enfadarse conmigo.

–          No abrí el correo hasta hoy. Pero ese no es el tema del que vengo a hablar. ¿por qué has cancelado la cuenta con mi empresa?

–          Porque me habéis tratado muy mal –ese aire soberbio crispaba mis nervios.

–          Dame un ejemplo. ¿Quién te ha tratado mal? ¿Qué te hemos hecho?

–          Tú me has hecho. Me has ignorado durante una semana. Te llamé a casa y nada, te llamé al trabajo y me decían que no estabas. Si no quieres saber nada más de mí, me lo dices y punto, pero no creo merecer este desprecio.

–          Al móvil no me llamaste. He estado de vacaciones, por lo que no me encontraba ni en casa ni en el trabajo.

–          ¿Y por qué no me dijiste que te ibas?

–          ¿Cuándo? Lo siento, tenía que haber interrumpido vuestros besuqueos para avisarte de que me iba –no iba a permitir que me hiciera responsable de sus actos.

–          No era nada.

–          Ya. Hoy tampoco lo era. Mira, que me da exactamente igual a quién te folles, pero no vas a jugar con mi trabajo.

–          Ni que te fueran a despedir.

–          Quizá no lo hicieran si tú no hubieras ido por ahí animando a más clientes a cancelar los contratos. ¿Quieres joderme la vida? Adelante. Pero el resto de mis compañeros no tienen la culpa de que yo pase de ti.

No sé quién parecía más enfadada, pero no pensaba regalarle esa batalla. Era su guerra, pero yo tenía mejores armas.

–          Lo siento, me pudieron los celos. Volveré a contrataros, les diré a todos mis amigos que lo hagan, pero quédate, habla conmigo.

–          No, sin peros. Me quedaré sin trabajo, pero desde luego no pienso jugar con tus reglas.

Salí del despacho y cerré la puerta con todas las fuerzas que tenía. Laura estaba loca, ya lo había confirmado. Necesitaba salir de ese lugar. Por fin llegué a mi coche, donde pude derrumbarme.

No volví a la oficina ese día. Mateo no hacía más que llamarme, pero, ¿qué podría responderle? Lo siento, jefe, me he follado a una loca y ahora ha decidido jodernos, pongo aquí mi cabeza, así facilito que me la cortes.

Llegué a casa rendida. No entendía nada, no comprendía cómo se había vuelto todo tan sumamente complicado. Las cosas eran tan fáciles antes. Tenía mi trabajo, mis amigas, algún polvo de vez en cuando y todo seguía su rumbo. Odiaba a toda aquella panda de lesbianas, y, creo, que ellas se odian entre sí, por eso la amargura que les rodea, por eso la promiscuidad. ¡Que les jodan!, ¡que les jodan a todas! Nadie más me haría perder los estribos así. En cuanto me despidieran, me iría de la ciudad, no sé a dónde, ni por cuánto tiempo, pero no quería volver a ver una cara conocida en muchísimo tiempo.

El timbre me interrumpió en mi venganza mundial. ¿Quién podría ser ahora? Rezaba porque Laura no se encontrara tras esa puerta, no podía más.

–          Yolanda, soy yo, Puri –lo que faltaba para el duro, pensé mientras abría la puerta-. Hacía tiempo que no te veía. Mira, vengo a proponerte una cosa. Viene mi sobrina la de Coslada a pasar unos días conmigo. Es algo mucho más joven que tú, tiene treinta años -¡jódete!-, y quería que se divirtiera un poco. Como tú eres un poco…, no sé, ¿buscona se dice?, he pensado que podrías sacarla a dar una vuelta, a discotecas y sitios de esos ruidosos que tanto te gustan. Esta noche te la subo para que vayáis a cenar y luego a tomar unos mostos. Toma, cinco eurillos, para que paguéis la cena -¿desde cuándo no salía esa mujer?- Cógelos, no seas tonta, que sé que eres un poco pobre. Pues nada, lo dicho, a las ocho está aquí. Ya verás qué maja es.

Y se fue. No pude ni abrir la boca, se fue y yo tendría que aguantar a la “jovencita” de su sobrina toda la noche. ¿Qué se puede comer por cinco euros? No salgo de una y me meto en otra.

Con las pocas ganas de juerga que tenía y encima tenía que cargar con un mochuelo. Me metí en la ducha, me vestí y esperé a que la sobrinísima llegara. Esperaba que Mendel se hubiera equivocado, porque como se parecieran lo más mínimos, me pegaría un tiro. Por si acaso, llené el bolso de Nolotil. ¡Qué horror de noche me esperaba!

A las ocho menos cinco, sonó la puerta. Ni me molesté en preguntar quién era, simplemente abrí. Una belleza inimaginable se apareció ante mí. Alta, morena, con un cuerpo que envidiaría cualquier modelo. Me quedé petrificada.

–          Hola. ¿Eres Yolanda? –preguntó con una voz tan melódica que me sentí como una serpiente en la India.

–          Ehhh, sí, soy yo. ¿Querías algo? –pregunté extrañada.

–          Soy Esther, la sobrina de Puri. Siento mucho que te haga sacarme por ahí, pero no me he podido negar. Piensa que no conozco Madrid, lo que no sabe es que vengo sin que ella lo sepa.

–          Pasa. ¿Quieres tomar algo?

–          No, mejor nos vamos, porque debe estar en la terraza espiándonos. Así, por lo menos, no tendremos que dar demasiadas explicaciones.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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