Día 21

“Hola Yoli.

No se me da muy bien esto de escribir, pero sentí que debía intentarlo. Antes de todo, me disculpo por lo que pasó anoche. Lo disfruté, no sabes cuánto, pero creo que estuvo mal. No estás bien, yo tampoco, no voy a mentirte, aún sigo echando de menos a mi ex. Eres la primera chica con la que me acuesto en más de seis meses, y no sé muy bien qué debo pensar. Cuando aún estaba con ella, al final de nuestra relación, confieso que me fijé en ti. Eres tan dulce, tan amable, siempre pareces perdida, eso me atraía de ti, me sigue atrayendo. Pero tengo un equipaje conmigo del que aún no he sido capaz de desprenderme.

He sentido celos de Laura todo este tiempo, por eso intentaba que os fuera bien, para no tener que enfrentarme a los sentimientos que tú provocas en mí. Sé que no van más allá de una atracción, no te asustes, pero quería evitar lo que pasó anoche.

Entiendo que ahora estés confusa y prefieras tenerme lejos, por eso me vuelvo a Madrid. Quizá la distancia consiga que recapacitemos, y nos demos cuenta de que la amistad está por encima de lo sucedido. Prometo no llamarte, dejar que el tiempo pase.

Siento muchísimo haberte puesto en esta situación. Siento mucho haberte quitado eso que guardabas para otra, de verdad, lo siento. Te quiero muchísimo y espero que me perdones.

Pasa estos días tranquila, disfrutando de Sitges, conociéndote un poquito más. Siento haberte estropeado tus vacaciones.

Un beso, pequeña”

Y con esa carta, Carmen daba por zanjado nuestro affaire. Tenía que meditar sobre lo que había sucedido, sobre lo que esa carta quería decirme, lo que Carmen significaba para mí. Si no me hubiera hablado de su ex, habría corrido a ver cuánto hacía que se había ido, le hubiera llamado para que regresara, pues, aunque mi mente me aconsejaba que dejara aquello atrás, mi cuerpo deseaba volver a tener el placer que Carmen me había brindado.

Del resto de semana no se puede contar mucho más. Seguí con la rutina marcada, desayuno, playa, comida, playa, cena, dormir. Hubo segundos durante el día en los que la calidez del sol lograba que olvidara todo mi “bollodrama”.

Carmen cumplió su promesa, no me llamó ni una sola vez. Laura tampoco lo hizo. Me sentía sola, pero esos días había sido capaz de poner algo de orden en mi cabeza, lo justo como para seguir estando en pie.

Regresé a Madrid el día previsto. Llegué a casa exhausta, creí que necesitar una semana más para reponerme de las esperas de los aeropuertos. Me di una ducha, me serví un vino, me senté en mi sofá y encendí e ordenador.

Tenía el correo plagado de e-mails ofertándome trabajos desde casa, pastillas milagrosas y estudios en el extranjero. Laura se había escondido entre tanta basura, casi borro su mensaje:

“Yoli, no sé qué pensaste cuando me viste con Blanca, pero no es lo que parece. Llámame y hablamos. No te molesto más”.

Debí haberlo borrado antes de leerlo, total, para lo que tenía que decirme, hubiera sido mejor callarse.

Antes de las once me metí en la cama. La semana empezaba y yo tenía que tener mis energías al máximo para poder hacer frente a las interminables horas de trabajo. No sé por qué la gente decide empezar a comprar cosas después de las vacaciones, pero menos aún entendía cómo podían pagarlas.

Sonó el despertador. Aquel instrumento inventado por un maléfico personaje de alguna novela de Agatha Christie. Había llegado el momento de regresar de un lugar idílico a uno estresante a más no poder.

Mi llegada a la oficina la calificaría como muy rara. Siempre fue Carmen la que se acercaba a darme la bienvenida y a preguntarme por cómo me habían ido las vacaciones. Supuse que el mundo entero había entrado en una fisura espacio-temporal, o cualquiera de esas cosas raras que dicen los físicos teóricos. Todo el mundo se acercó a recibirme, salvo ella. Ni me miró en toda la mañana.

Cuando mi cabeza no podía más, bajé a la cafetería a tomarme un café. Siempre iba a una que estaba enfrente, así me ahorraba tener que sentarme con algún plasta de mi departamento y que me contara los hijos tan maravillosos que tenía. No tuve ni que pedir mi descafeinado con leche fría, pues la camarera conocía de sobra mis gustos. Cogí mi café y un periódico, y me senté en el rincón menos transitado. Mientras saboreaba mi bebida y leía páginas y páginas sobre las nuevas leyes del actual Gobierno, no me percaté de la presencia que me acompañaba desde hacía unos minutos.

–          No tienes que ignorarme, solo pídeme que me vaya.

–          ¡Carmen! –dije asombrada-. No te había visto. ¿Qué tal?

–          Bien. ¿Y tú? –preguntó muy seria.

–          Bien, también. Desayunando. El jefe me ha pedido que termine hoy con la cuenta de Abadía. Así es que me espera un largo día.

–          Ya. Están las cosas complicadas. Hemos perdido varios clientes esta semana, incluida tu amiga Laura, que ha sido quien ha arrastrado al resto.

–          ¿Cómo? No me han dicho nada. ¿Qué ha pasado? –no podía creerme lo que me estaba diciendo-. Pero si el contrato estaba recién firmado.

–          Sí, pero prefiere pagar la indemnización que seguir con nosotros.

–          Cojonudo. Bueno, me voy otra vez para allá. A ver si me entero de qué ha pasado.

–          ¿No has sido tú verdad?

–          No sé de qué me estás hablando.

–          Al parecer ha dicho que alguien de la empresa le ha despreciado, y que eso es inadmisible.

–          Yo no le he hecho nada. Y si es por lo que pasó, que le den.

–          ¿Le contaste lo nuestro? –parecía preocupada porque nuestro rollo se interpusiera en los negocios.

–          No le he dicho nada, ni a ella ni a nadie. ¿No me dijiste que no había pasado nada? Pues no hay nada que contar.

Me levanté, pagué el café y me fui. Estaba indignada por las insinuaciones de Carmen. Yo no mezclo trabajo y amor, pero, al parecer ella sí. Fui directamente a la oficina de Mateo, tenía que saber qué coño estaba pasando.

–          Yolanda, debo serte sincero, la empresa está en su peor momento y no sé a quién echarle la culpa.

–          ¿Qué ha pasado?

–          Tú te llevas muy bien con la tía de Papagua, queda con ella, pregúntale qué es lo que le dijeron y quién se lo dijo. Necesito nombres, necesito respuestas. Ve ahora mismo a su oficina y me llamas en cuanto tengas algo.

No podía negarme. Si la situación era realmente tan mala, rodarían cabezas, y una de ellas sería la mía. Cogí mis cosas y me fui.

Había intentado por todos los medios ponerme en contacto con Laura antes de llegar, pero su secretaria no quiso pasar la llamada y su móvil estaba apagado. Con más cara que espalda, me planté en su oficina. El escudo humano que tenía por secretaria no me dejaba acceder al despacho, pero me colé, como en las películas. La imagen que hallé dentro fue espantosa. Laura y Blanca, desnudas y toqueteándose.

–          ¿Qué coño haces? –dijo Laura mientras buscaba su ropa.

–          Tengo que hablar contigo.

–          ¿Quién coño es esta? –preguntó Blanca.

–          Son temas de negocios, no creo que tú pintes nada en todo esto –contesté enfadada.

–          Blanca, déjanos un segundo, por favor –ambas se cruzaron unas miradas que no supe descifrar.

A los pocos minutos, nos encontrábamos solas, Laura y yo, frente a frente.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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