Día 20

Hacía años que no tenía una conversación de cama con una amiga. Era encantador ver su cara tumbada frente a la mía, sin necesidad de nervios, de pensar qué hacer o qué decir, solo charlando, confesándonos, ampliando una amistad que, a mí, ya me parecía infinita.

–          Nunca te he visto ligando. Pensaba que estabas cada noche con una distinta –le dije.

–          Yo no soy así. Me gustan las relaciones largas, no el roce de una noche. Es verdad que me encanta coquetear, pero de ahí no paso. ¿Por qué pensabas eso?

–          Porque pareces muy segura de ti misma, porque sales casi todas las noches, porque he visto como funciona el ambiente, no sé, supuse que siendo una chica guapa y lista no querrías meterte en compromisos absurdos.

–          No, que va. Ya me metí en esos compromisos. Hace seis meses terminé con una relación de cinco años –parecía aún dolida por esa ruptura.

–          No sabía nada. ¿Estás bien? –me dejó preocupada.

–          Sí, estoy bien. Lo voy superando día a día, pero lo llevo bien.

Nunca hubiera imaginado a Carmen como una persona comprometida y fiel, sin duda esa no era la imagen que daba. No quise indagar mucho en el tema, parecía dolerle más de lo que estaba dispuesta a confesar.

A las nueve de la mañana, unos golpecitos me sacaron de mi ensoñación.

–          ¡Arriba! Tenemos que desayunar y bajar a la playa.

Me vestí como pude y subimos al último piso. Allí se encontraba el restaurante. No es que hubiera mucha comida, pero todo tenía una pinta muy apetecible. Comimos como si nos fuera la vida en ello. Después, cogimos nuestra ropa de baño y corrimos camino del mar. El agua brillaba, deslumbrando cada rincón de la costa, me pareció la imagen más bonita del mundo.

Tomamos el sol, nadamos, jugamos en el agua. Todo era mucho más idílico de lo que había podido imaginar. Me alegraba tanto que Carmen estuviera conmigo, que no supe nunca agradecérselo lo suficiente.

EL día transcurrió entre la arena y el paseo marítimo, donde comimos. Luego nos arreglamos, y volvimos al plan de la noche anterior. Estábamos dispuestas a comernos el pueblo. Paseamos por el casco antiguo, comimos unos helados y nos dirigimos a la calle de las discotecas.

En esta ocasión, estaban plagadas de italianas borrachas y con ganas de guerra. Pero Carmen y yo, nos metíamos en un rinconcito, para disfrutar la una de la otra. Bebimos hasta no poder más. No sé qué hora sería, pero encendieron las luces y sacaron las escobas, dándonos a entender que era el momento de marcharse.

Nuevamente, le pedí a Carmen que durmiera conmigo, a lo que respondió que se podía haber ahorrado una habitación. Esa noche refrescó un poco, y al descubrir una manta en el armario, no pude contener un grito de alegría.

Mi parte consciente no quería reconocerlo, pero Carmen me gustaba mucho. No quería que lo notara, no quería que supiera que esa noche hubiera hecho el amor con ella. Quizá era el exceso de alcohol, pero se veía preciosa.

Nos metimos en la cama, y nuestros cuerpos, atraídos por alguna especie de magnetismo, se juntaron. Carmen echó su brazo sobre mi hombro. La tenía tan cerca, que compartíamos el mismo aire. La situación era demasiado tensa, no sabía si podría contenerme, pero fue ella quien me sostuvo de la nunca y me empujó a sus labios. Yo, como una novata, me dejé llevar por sus cálidos besos. Sus caricias despertaban en mí sensaciones indescriptibles. Mi piel se había levantado en armas, y sus manos eran las precursoras de ese estado. Notaba como se introducía dentro de mi pijama, como mi cuerpo se contraía y se relajaba, para contraerse aún más. Me sentía realmente excitada. Me recorrió entera, dejando una huella imperceptible en mi piel, pero marcándola de por vida. Todo lo aderezaba con sus labios, sus besos por todo mi ser. Mi mente quería resistirse, pero mi cuerpo se rindió y me dejé hacer. Ya conocía el placer carnal, pero, hasta esa noche, no lo había sentido con tal magnitud. De recordarlo, solo puedo suspirar.

A la mañana siguiente, Carmen amaneció antes que yo, pues me desperté con sus caricias sobre mí. Estaba avergonzada, me había acostado con mi amiga y aún no tenía muy claro si realmente me atraía o era simple despecho hacia Laura. No quería hablar, no quería tener que enfrentarme a aquello, pero Carmen sí.

–          Lo siento, cielo. No sé qué me pasó. Me dejé llevar –creo que ella estaba tan desconcertada como yo.

–          Tranquila –no pude decir más, y me abracé a ella, llorando.

–          Cálmate, por favor. No llores, que me rompes. Lo siento mucho, de verdad. No quise aprovecharme de ti. Te prometo que no volverá a pasar, es más, no ha pasado. No se lo diré a nadie y tú podrás volver a tu vida, con o sin Laura, yo seguiré siendo tu amiga. ¡Ya está! Olvidado.

Sus palabras no me reconfortaron. Más bien parecían abrir una herida en mi interior. Notaba cómo algo se introducía en mi pecho y lo desgarraba. Quizá no estuviera enamorada de Carmen, ni ella de mí, pero el momento que compartimos fue muy especial, fue mi primera vez con una mujer, y eso nunca se volvería a repetir. Le pedí que me dejara sola, ella accedió sin resistirse, y continué llorando. Cada secuencia de la noche pasada, se me arremolinaba en el cerebro y ni las lágrimas conseguían que se escapara de mí aquel dolor.

Pasé un par de horas tirada en la cama, sin hacer absolutamente nada, tan solo pensar, recordar, extrañar a Carmen con todo mi cuerpo. No podía dejar eso así, no podía permitir que esa situación no se solucionase. Inspiré profundamente, me levanté y me dirigí a la puerta para ir a buscar a mi amiga. Cuando me disponía a abrir para acercarme a su habitación, me percaté de que una nota se había colado por debajo de la puerta. La cogí, la doble y fui, sin desviarme a su habitación, pero allí no había nadie. Supuse que se había bajado a la playa o a comer algo, pues ya era mediodía. ¿Qué debía hacer yo? No creí que se hubiera llevado el móvil, por lo que descarté la idea de llamarle. Me volví a sentar en la cama, y recordé aquel papel tirado en el suelo. Aún lo tenía en la mano y ni era consciente de ello. Lo desdoblé. La letra de Carmen plagaba aquella hoja. Leí.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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