Día 17

Pasamos la noche juntas y, debo reconocer que fue una de las más bonitas de mi vida. Me desnudó poco a poco, yo hice lo mismo con su ropa, la cual terminó amontonada en un rincón de la habitación.

Me besó y me acarició hasta que el día nos sorprendió cuerpo con cuerpo. Lo que se dice hacer el amor, no lo hicimos, aunque hablamos del tema. Le confesé que aún no estaba preparada y ella no dijo ni una palabra, solo continuó besándome, como si aquello no tuviera importancia y se conformara con nuestros roces.

Me contó muchas cosas sobre ella. Que había montado la empresa de cero, que no recibió ningún apoyo de Blanca, su ex, que el negocio despegó rápido y a su pareja no le había gustado demasiado. Yo no entendí muy bien por qué no estuvo a su lado cuando inicio ese proyecto, pero por lo que me dio a entender, Blanca era una líder y no le agradaba que Laura sobresaliera más que ella.

–          Me apetece que hablemos de la primera vez que nos vimos –dijo mientras deslizaba suavemente su dedo por mi abdomen.

–          Pero si ya te lo conté todo. ¿Sabías que era yo la que estaba al otro lado del teclado cuando te narré la historia? –aquella pregunta me acompañaba desde hacía tiempo.

–          Creí que podrías serlo, pero estos enamoramientos repentinos se dan bastante en “cuchitown”. Aunque, por la descripción que me diste, me vi reflejada de inmediato.

–          ¿Por qué no me dijiste nada?

–          No hubiera podido ver la cara que tenías el día de la kedada.

–          No hubiera aparecido –puntualicé.

–          Lo sé. Además, quería agradecerte lo que habías hecho por mí.

–          ¿Mirarte como una salida?

–          No, darme fuerzas para cortar con Blanca. Hasta ese día, temía que llegara el momento de la ruptura, a sabiendas de que me estaba poniendo los cuernos. Pero verme deseada por una mujer tan guapa, me hizo entender que no iba a estar sola y que ese pánico que tenía era producido por el desgaste psicológico al que me había sometido mi ex.

–          Era un poco cabrona, ¿no?

–          Estoy segura de que lo sigue siendo, pero mañana te lo confirmo. He quedado esta tarde con ella. Tengo que recoger las cosas que me faltan del piso y arreglar unos papeles, es lo que tienen los divorcios.

–          ¿Estáis casadas? –pregunté sorprendida.

–          No, pero la hipoteca, los gastos, los muebles, todo lo pagamos a medias. Ahora toca decidir quién se queda con qué.

No me gustaba nada que tuviera que ver a esa chica de nuevo. Por lo que me había contado, estaba como endemoniada. Pero menos gracia me hizo su petición: “por favor, no me llames esta tarde, no quiero que las cosas se compliquen. En cuanto llegue a casa te aviso”. ¿Qué haría durante toda la tarde? ¿Sofocarme porque mi amada estaba con otra? Decidí que iría a trabajar, así presentaría los papeles.

Cuando Laura tuvo que atender sus asuntos, yo me fui directamente a la oficina. Mateo corrió hacia mí nada más verme aparecer por la puerta.

–          ¿Es nuestro? –preguntó ansioso.

–          No, es mío –contesté mientras sacaba el contrato del bolso.

Mi jefe estaba entusiasmado. Me alabó hasta que no encontró más sinónimos de guapa. A mí no me gustaba mucho tener que sonreír y hacerme la importante, así es que me fui a mi sitio. Carmen vino a recibirme.

–          ¿La misma ropa? ¿Mi niña se ha hecho mujer? –dijo con un tono socarrón.

–          Anda, deja de decir tonterías que tengo que trabajar. Luego hablamos, que aquí hay duendes.

No habían dado las seis en el reloj, cuando Carmen ya estaba sentada en mi mesa esperando a que apagara el ordenador. Miré a mi jefe, y levantó la cabeza en señal de autorización para mi salida del trabajo. Mi compañera tiró de mí y no dejó de arrastrarme hasta que nos habíamos subido en mi coche, mientras me pedía que le llevara alegando que su automóvil estaba en el taller. Eso hice, le acerqué hasta su casa, pero no me dejó huir sin más. No tenía muchas ganas de hablar, mi mente estaba puesta en Laura y en lo que estaría haciendo con Blanca. Una vez en el salón de Carmen, esta me sometió al tercer grado habitual.

–          No tengo nada que contarte. No ha pasado nada, no hemos echado un polvo si es a lo que te refieres.

–          Bueno, pero la noche la habéis pasado juntas.

–          Sí, pero ya está.

–          Ya está, ya está, ¿qué coño va a estar? La verdad que es una pena que hayas salido tan pronto del mercado, estás muy buena y mis amigas se mueren por ti.

–          Anda, no digas tonterías. Y no he salido de ningún mercado. No hemos hablado de compromisos.

–          En el mundo de las lesbianas, si se pasa la noche en casa de la otra tenéis un máximo de una semana para iros a vivir juntas.

–          ¡Qué gilipollez! No nos conocemos de nada –las teorías sáficas eran surrealistas.

–          ¿Has quedado esta noche con ella?

–          No, hoy tenía que ir a hablar con su ex de no sé qué temas. Me ha dicho que me llamaría cuando llegara.

–          Mal rollo, niña –dijo afligida.

–          ¿Por qué? No me metas pájaros en la cabeza que nos conocemos.

–          No, yo no digo nada, pero será mejor que salgamos a tomar unas copas.

Yo no sé cómo Carmen era capaz de aguantar la semana saliendo cada noche. No sé si fue el sueño o los nervios que me invadían los que consiguieron que aceptara su proposición.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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