Día 16

Era domingo y después de la noche anterior, había decidido pasarlo en casa. El lunes tenía una reunión muy importante. La empresa quería atar a un cliente y me mandaban a mí para que le hiciera bien la pelota.

Pasé el día leyendo, viendo la tele, mirando cosillas por internet, nada del otro mundo. Había decidido aislarme, por lo que desenchufé el teléfono fijo y apagué el móvil, hoy tocaba jornada de reflexión.

Me preparé una copa de vino y un buen baño. Creo que estuve una hora sumergida en el agua. La sensación de ingravidez que me proporcionaba, resultaba estimulante. Ya iba siendo hora de que me mimase un poco.

Me fui temprano a la cama y dormí como una campeona hasta que el endemoniado despertador hizo su labor, cabrearme. Me tomé un par de cafés y me di una ducha rápida. No podía llegar tarde al trabajo. Encima hoy tocaba ir de pitiminí. Elegí para ello un vestido negro de tirantes, en vez de ir a currar parecía que iba a una boda.

Una vez en la oficina, preparé todos los papeles que debía presentarle a Papagua s.l., vaya nombre para una empresa, aunque por lo que podía ver en las cuentas era uno de nuestros mejores clientes.

La cita era a las dos, en un buen restaurante de Madrid. Mi jefe me dio la tarjeta de crédito de la empresa, aquel cliente debía ser agasajado hasta que le escociera el culo. Lo único bueno de estos días era que saldría pronto. Terminada la comida y la conversación, me podría ir a casa, aunque esa tarde tenía planeado ir a una tetería.

Un poco antes de la hora fijada, acudí al lugar de reunión. La mesa estaba a nombre de mi empresa, y en cuanto vieron que se tratarían temas de negocios me atendieron como si fuese la última comensal del mundo. El metre me acompañó hasta mi sitio, me separó la silla y luego la acercó a mí para que me sentara. Me sentía una persona importante y eso me daba fuerzas para lidiar con el tiquismiquis que viniera. Seguro que era un gordo baboso y viejo que intentaría poner su grasienta mano en mis muslos. Ser una mujer atractiva en una empresa pequeña es lo peor que te puede pasar, siempre te mandan a hacer el idiota con ratas asquerosas a las que debes idolatrar.

A las dos en punto, el metre acompañó a mi cita hasta la mesa. Yo me levanté para saludarle. Sin mucho interés en ver su cara de cerdo, tendí mi mano para las presentaciones.

–          ¿Yoli? ¿Qué haces aquí?

–          ¡Laura! Hoy no, por favor. He quedado con un cliente y no quiero jaleo.

–          Por lo que se ve, yo soy tu cliente.

–          ¡No me jodas! –no debería decir eso en voz alta, mi jefe me iba a matar como perdiera el contrato.

–          No, no lo hago. ¿Te parece si primero pedimos y luego tratamos los asuntos empresariales?

Ella se decidió por una “ensalada templada con frutos del mar vaporizados en fuente de oriente” (coctel de gambas en un plato de barro) y “delicias rosadas con aderezo añejo” (salmón a la plancha con vinagreta) y yo un “faro sobre mar revuelto” (sopa de marisco) y “antojo de tierra a los productos del bosque” (filete de ternera con champiñones y setas).

La conversación fue distante. Laura era bastante dura en las negociaciones, y yo tenía un límite que no podía superar. Le ofrecí todo lo que estaba en mis manos, pero seguía siendo recelosa ante mis intentos por conquistar su mercado.

–          Tengo varios posibles proveedores para estos productos. ¿Por qué debería seguir trabajando con vosotros?

–          Te hemos dado un buen servicio durante años. No sabes cómo serán los demás.

–          Buen servicio, pero no el mejor. Los pedidos siempre llegan con un día de retraso, lo que impide que yo envíe las cosas a tiempo.

–          Podemos mejorarlo. Podemos ofrecerte un servicio urgente. Te llegará el mismo día que se haga el pedido –esa cuenta tenía que ser mía.

–          ¿Por qué aún no has recurrido a que me gustas? –preguntó extrañada.

–          Esto son negocios. Además, creo que podemos llegar a un acuerdo legítimo sin tener que recurrir a chantajes psicológicos.

–          Ya, pero no siempre me entrevisto con comerciales a los que quiera follarme.

–          ¿Follarte? No, gracias. El otro día casi me pegan por tu gran elección de pareja.

–          Ven a mi casa y cerramos el trato.

–          No. El trato queda cerrado. No pienso acostarme contigo y menos así –me estaba tratando como a una puta.

–          Jajajaja. Buena respuesta. Bueno, dame el contrato. Lo firmo ahora mismo. Me has ofrecido más de lo que cualquiera se atrevería.

Le tendí aquel papel y ella garabateó su nombre en él. Por fin lo había conseguido, y sin tener que sentirme sucia. Llamé al camarero y le pedí la cuenta.

–          ¿Ya te vas?

–          Ya tengo lo que venía a buscar.

–          No me tienes a mí, y porque no quieres.

–          No, no quiero. De hecho no quiero volver a verte en la vida.

–          Pediré a tu jefe que te mande a ti siempre.

–          Y yo dejaré mi trabajo –esa mujer no sabía a quién se estaba enfrentando.

El teléfono interrumpió nuestra conversación. Era Mateo, quería que llevara a Laura a nuestras oficinas y luego visitara las suyas. Aquella pesadilla parecía no terminar nunca.

Obedecí como buena obrera. Vimos las instalaciones, le presenté al personal, incluida Carmen que estaba ojiplática. Luego cogí el coche y fuimos a su sede. El lugar parecía bueno y el personal agradable. Laura me invitó a pasar a su despacho.

–          Bueno, pues ya sabes dónde trabajo. ¿Qué te parece?

–          Es un buen sitio, con buenas vistas. Me dijeron que la has montado tú sola y que la cuota de mercado aumenta más de un cincuenta por ciento cada año.

–          Cuido lo que quiero. Esto es toda mi vida. Comprende que deba ser dura en las negociaciones, es mi niño y debo cuidarlo.

–          Lo entiendo, no te preocupes. Además, creo que el acuerdo es muy satisfactorio para ambas partes.

–          Me alegro mucho, Yoli, de verdad. Hablaré bien de ti cuando me pregunten.

–          Gracias. Bueno, si no quieres nada más, me voy a casa.

–          Solo son las ocho. Quédate. Mateo aún no sabe que he firmado, ¿no? –yo negué con la cabeza sin saber muy bien dónde quería llegar esa mujer-. Pues ahora le llamo y le digo que vamos a irnos de copas y mañana no tendrás que ir a trabajar.

–          No puedo hacer eso.

–          Confía en mí. Ven, me falta algo por enseñarte.

Seguí a Laura hasta el ascensor. Una vez allí metió una llave y le dio al botón del ático, supuse que las vistas serían extraordinarias. Lo que no me esperaba cuando se abrieron las puertas era un piso.

–          Esta es mi casa. ¿Quieres tomar algo?

–          No, debo irme.

–          ¿Has quedado?

–          No, pero es tarde.

Laura agarró su teléfono y tras unos minutos de conversación, se volvió hacia mí.

–          Solucionado, mañana no tienes que trabajar.

–          Joder, Laura, me van a despedir.

–          No, no lo van a hacer. Estás llegando a un acuerdo con un cliente que os factura más de diez millones de euros al año.

–          Recuérdamelo si quedamos a tomar un café. Te haré pagar a ti.

Laura se rio, pero su gesto cambio rápidamente.

–          Arreglemos todo esto, Yoli, por favor. No puedo dormir, no puedo comer, solo pienso en ti.

–          Y una vez me tengas, ¿qué?

–          No volveré a perderte, te lo prometo –dijo mientras se acercaba con la clara intención de besarme.

Me dejé llevar por el cansancio de aquel día y me perdí en sus besos. Hoy tenían un sabor diferente, hoy me gustaban más que nunca, no sé si era el agotamiento o que Laura realmente estaba empeñada en conquistarme, pero consentí que me arrastrara con ella.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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