Día 15

Me volvía a sentir adolescente. Besos y caricias coartadas. Sus manos iban de mi nuca hasta media espalda y volvían, las mías imitaban las suyas. Si hasta los besos eran más castos que los que se dan los bebés en la guardería. Si eso iba a ser lo que me esperaba como lesbiana tenía que replantearme seriamente comprarme un vibrador. De vez en cuando parábamos, creo que me miraba a mí, pero a la vez parecía que temiese que su madre nos pillara.

–          ¿Estas eran todas las ganas que tenías de mí? –estaba cansada de ser tan monjil.

–          Lo siento. Quería respetarte.

–          Respeto es una cosa y que me beses como si tuviéramos diez años es otra.

Aquello tensó más aún nuestras relaciones. Yo no sé qué haría con su ex durante los últimos diez años, pero yo en menos de una hora ya me había cansado.

–          Mira, no creo que esto funcione. Está claro que no tenemos química y se supone que es lo que se siente cuando te besa alguien que te gusta. Creo que aún estás con el duelo y yo no voy a ser un romance de una tarde. Quedamos como amigas y punto. Me caes muy bien y creo que con todo lo que ha pasado ya no habrá más malos entendidos.

–          ¿Crees que no tenemos química? Es mejor que me vaya. Ya nos veremos por ahí.

Y así quedó la cosa, yo enfadada porque ni me tocaba y había perdido cualquier tipo de excitación, y ella defraudada porque yo no era lo que pensaba. Quizá yo no estuviera preparada para mantener relaciones sexuales con ella, pero qué menos que acariciarme la pierna y más aún, sabiendo que no llevaba ropa debajo de la bata.

Eran las once de la noche, y necesitaba salir de mi casa rápidamente. Llamé a Carmen y me organizó los planes enseguida.

Vino a buscarme, insistía en que le contara lo sucedido, pero lo último que quería mencionar era mi penoso intento de lesbianizarme. Salimos por los bares que ella frecuentaba, me presentó a más chicas, lo que empeoró aún más mi lívido. Esa noche me desmelenaría sin importar las consecuencias.

Una de las amigas de Carmen se llamaba Elena. La verdad es que era guapísima. Yo también parecí gustarle, por lo que bailamos durante mucho tiempo. Sus movimientos eran como una danza de apareamiento y me dejé cautivar por sus curvas. Cuando me quise dar cuenta, sus labios recorrían mi cuello, mis mejillas, mi boca. Me atraía tanto que no me lo pensé dos veces y me dejé seducir por sus encantos. Me pidió que le acompañara al baño, pero Carmen nos interceptó en el camino. Elena asentía a todo lo que mi amiga le susurraba. Cuando hubo acabado, se giró hacia mí, me miró, me dio un beso y proseguimos el camino. Me vino muy bien esa escapada, pues mi vejiga decía basta desde hacía un buen rato. Cuando salí del habitáculo, mi amante me esperaba, alargó su mano, yo le tendí la mía y nos dirigimos a nuestro sitio.

Nada más atravesar la puerta de los aseos chocamos con una chica, le pedí disculpas, sin duda había sido mi culpa y ella me nombró. Laura, otra vez frente a mí, con mirada de reprobación.

–          Hola –me atreví a decir.

–          Hola –murmuró mientras se daba la vuelta.

Carmen me esperaba con los brazos en jarra, igual que cuando en el trabajo me retrasaba con algún pedido. Le pidió a Elena que nos dejara un momento.

–          He visto a Laura.

–          Sí, yo también, entraba en el baño cuando salíamos.

–          Puff, lo que faltaba. Está hecha polvo, niña. Y encima, ahora piensa que te has follado a Elena.

–          ¿Por qué va a pensar eso? -¡qué imaginación tienen estas cochinonas!

–          Porque te ha visto salir del baño, y en el baño es donde se mantienen relaciones sexuales en este ambiente.

–          ¡Qué asquerosidad! ¿Las lesbianas no tienen casas donde follar?

–          Ese es otro tema. Creo que deberías hablar con ella.

–          Ya hemos hablado. Está todo claro, somos amigas.

–          No creo que ella lo vea así –dijo cuando Laura pasaba por mi lado sin mirarme.

–          Mira, no entiendo nada. Que haga lo que quiera.

Nuevamente me fui con Elena, pero ella estaba más entretenida comiéndole los morros a otra. “Monja, eso es lo que me voy a hacer, monja. Vaya puterío hay por aquí”, pensé.

La noche se pasaba rápido, y yo no tenía ganas de terminar la fiesta. Un empujón me desvió de mis pasos de baile. Laura había decidido enrollarse con una que tenía los codos muy sueltos. La verdad es que sentí celos, a ella sí que le acariciaba con algo de pasión; pero bueno, estaba claro que yo no le gustaba tanto.

–          La que has montado, morena –dijo Carmen.

–          ¿Qué he hecho ahora? ¿Acaso este sitio es la zona de masturbación?

–          No digas tonterías –tontería era irse a un baño sucio a meterse mano-. Le gustabas de verdad y eres tan idiota que ni lo ves.

Me quedé mirando durante un rato cómo Laura se toqueteaba con aquella chica, hasta que un empujón me trajo de vuelta.

–          Tú, gilipollas, deja de mirar al rollo de mi amiga.

–          ¿Qué rollo? –lo sé, era una pringada, y lo sigo siendo.

–          ¿Quieres que te partan la cara? Pírate antes de que te rompa los huesos.

Aquella matona me había violentado sin venir a cuento. No dejaba de empujarme y de amenazarme. ¿Qué debía hacer yo ante esa situación? Creo que no le había ofendido, aun así, me disculpe, cosa que pareció importarle poco. En un momento me vi rodeada de gente que pedía sangre, la mía. Menos mal que Carmen y sus amigas salieron en mi defensa. Al otro lado del corro que se formó, estaba Laura, me miraba impasible, como si le importara bien poco que mis dientes decoraran la pared del local.

La trifulca se saldó con cero víctimas y mucho acojone. Carmen me sacó del tumulto y me acorraló en un portal.

–          No se te puede sacar de casa.

–          Yo no he tenido la culpa, ni siquiera sé qué le pasaba a esa muchacha en el cerebro, para mí que ha tenido un cortocircuito.

–          Tú si que tienes el cableado mal. A ver, esa es amiga de la que se estaba liando con Laura. Tú mirabas a Laura, así es que la amiga de su rollo quería partirte la cara.

–          Tampoco miraba tanto, ¿no?

–          No, en comparación con el lago Victoria tú has hecho un charco de babas más pequeño.

–          ¡Que no babeo por ella, joder!

La noche llegaba a su fin y yo ya no podía más. ¡Qué día más completito! Mejor era irse a dormir y que mañana los vientos decidieran otro rumbo.

 

 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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