Día 11

La mañana siguiente fue la más confusa de mi vida. Aparecí desnuda en una cama, no sabía dónde estaba, ni con quién. La cabeza me dolía hasta tal punto que no era capaz de abrir los ojos demasiado. ¡Qué vergüenza!, desnuda ante una cualquiera. Tenía que coger mis cosas y salir de allí sin hacer ruido, no quería que mi acompañante nocturna se percatara de mi huida.
De pronto un agobio extremo invadió mi cuerpo. Esa mujer con la que había pasado la noche me habría desvirgado lésbicamente. Mi primera vez fue una estupidez de adolescente y pensaba que mi segunda primera vez sería con alguien a quien realmente amara. ¡Mierda!, no volvería a beber en mi vida, me juraba a mí misma.
Me levanté despacio de la cama, y vi que no tenía compañía, quizá se hubiera levantado, lo que haría más complicada la misión de escapar sin ser vista. Me vestí rápidamente y abrí la puerta. Un largo pasillo me recibía, al fondo unas escaleras. Encima era un chalet, por lo menos había fornicado con una potentada.  Bajé los peldaños con sigilo y por fin vi una puerta de entrada, que en este caso sería de salida. Estaba a pocos metros de la gran evasión cuando un cuerpo me paró en seco.
Levanté la mirada despacio, no sé si por la curiosidad de ver la cara de mi desfloradora o para defenderme de un posible ataque. Al llegar mis ojos a la altura de su rostro, me quedé petrificada, su cara era familiar, pues Carmen era aquella que pernoctó a mi lado.
–    Buenos días, membrilla –dijo sonriendo.
–    ¿Qué coño hago aquí? –aquello no tenía ninguna gracia.
–    ¿Qué voy a hacer contigo? Anda ven a desayunar.
–    No, me quiero ir. No sé cómo has sido capaz de aprovecharte de mí de esa manera. Pensaba que eras mi amiga, y ¿así me tratas? –estaba realmente enfadada.
–    ¿Cómo te he tratado? –su cara expresa su sorpresa.
–    Te has aprovechado de que estaba borracha para follar conmigo. ¿Te parece poco?
–    Anda, no digas tonterías. ¿Crees que yo haría eso?
La verdad es que no me lo hubiera creído si me lo contase otra, pero yo lo había vivido. Carmen me arrastró a la cocina, en la que tenía un café y unas tostadas preparadas. Junto a la servilleta, una caja de Ibuprofenos me llamaba.
–    No hemos hecho nada. Yo he dormido en el sofá. Te encontré anoche, rodeada de un montón de tías que solo querían meterte mano, y tú sin enterarte de nada. Te traje a casa, te quité la ropa que te habías manchado con alguna copa de no sé qué y cuando iba a ponerte un pijama te diste media vuelta y ya no quise moverte. No sé cómo has sido capaz de pensar que yo te haría algo así.
Empujada por un gran alivio, le abracé. La verdad es que la historia que mi cabeza había montado no me la podía creer ni yo.
–    ¿Viste a Laura? ¿Ella consintió todo eso?
–    No estaba allí. Pregunté a sus amigas y por lo visto se había puesto enferma un par de horas antes. Me dijeron que te invitó a acompañarla pero que empezaste a discutir con ella y con todas las que se te acercaban.
–    ¿Cómo dejaron que hiciera aquello?
–    Porque por lo visto estabas un poco agresiva.
–    ¿Agresiva yo?
–    Sí, cielo, y es verdad. Yo lo vi, así es que tuve que intentar otra técnica. Empecé a besarte y a acariciarte, de este modo sí que accediste a venir conmigo.
–    ¿Me besaste? –yo estaba alucinada por toda esa película.
–    Ahora no te enfades porque te diera besos, porque casi me das un guantazo que me empotras.
–    Lo siento –estaba muy avergonzada, ¿qué clase de comportamiento era ese?-. De verdad que lo siento mucho. Muchas gracias por traerme.
Carmen sonrió y comenzó a desayunar. Yo imité su comportamiento. Mientras comíamos, un ruido metálico me dio de lleno en la cabeza. Era el móvil, el nombre de Laura ocupaba toda la pantalla, y yo no tenía fuerzas para cogerlo. Lo ignoré durante uso segundos, pero Carmen decidió que era mejor descolgar.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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