Día 9

No era capaz de responder a su pregunta. No sabía qué me pasaba ni el porqué de mi comportamiento. Estaba claro que sentía algo por Laura, pero no por la real, sino por aquella muchacha de ojos tristes que vi un día en un bar.
–    No sé qué decirte. Me dio mucha vergüenza y no supe reaccionar- contesté.
–    Pero, mujer, no tienes que darle más vueltas. Ya te lo dije en el correo, no creo que te enamoraras de mí, ni que sientas nada que vaya más allá de la amistad.
–    Ya, pero no esperaba volver a verte, y, mucho menos, confiarle esa historia a la chica del bar. Ella no tenía nombre, y no iba a conocerla nunca. Tú, sin embargo, estás aquí, sentada a mi lado, hablando conmigo.
–    ¿Soy muy diferente a lo que imaginabas? – preguntó con gran interés.
–    No lo sé. Es que no sois la misma persona, simplemente es eso. Creo que mi cerebro se colapsó, no supo distinguir entre realidad y ficción. Lo siento mucho, de verdad. Quiero que seamos amigas, me encantaba charlar contigo cada noche, me reconfortabas.
–    Sí, primero hablabas conmigo y luego dormías pensando en mí.
–    ¡Que no eras tú, joder! –deseaba que eso fuera cierto.
–    Aquella tarde leía un libro sobre dos mujeres que se conocían de toda la vida, y luchaban para no sentir amor la una por la otra. Por esa cabezonería, todo se volvía trágico, porque ellas sabían en todo momento que el único paso lógico en su relación era amarse.
–    ¿Recuerdas aquella tarde o es que lees poco? –su historia me intrigaba demasiado como para no preguntar.
–    Recuerdo aquella tarde. Recuerdo lo nerviosa que estaba.
–    ¿Por la cita con tu ex? –no entendía cómo se podía poner nerviosa después de diez años de relación.
–    No. Porque estaba leyendo y no era capaz de concentrarme en la lectura. Una chica muy guapa me miraba. Acariciaba el filo de su copa de vino, sonreía, pero no a mí directamente, sino a su cabeza. Estaba tan embelesada contemplándome, que no era consciente de que yo lo veía por el espejo que estaba en la columna.
–    ¿Te diste cuenta? Ya no puedo tener más vergüenza –su confesión me había dejado atónita.
–    Aquella tarde, mi ex me dejó. Pero no me dolió tanto como había pensado. Lo veía venir desde hacía tiempo, aunque no quería creerlo. No lloré, no le discutí nada, porque una preciosa mujer me había mirado ese día como hacía años nadie lo hacía.
Todo eso significaba que ella ya sabía quién era yo desde que nos vimos en la Plaza. ¡Joder!, seguro que al menos lo sospechaba desde que hablábamos por internet. Este era uno de esos momentos de tierra trágame, pero, al ir a agachar la cabeza, su suave mano me la sostuvo, sus labios se acercaron a los míos, y me besó.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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