Día 6

Una vez estuvimos fuera, un conglomerado de sentimientos abrumó mi mente, y solo pude llorar. Laura contemplaba mi pena desde el palco central, sin querer inmiscuirse en la trama que se desarrollaba en mis ojos.
Había sido tan estúpida que ya no me daba ni pena. Lo sucedido aquella noche no había sido para tanto, y por más que lo pensara, no llegaba a entender cómo pude comportarme de ese modo. Una chica me había gustado, había logrado con su belleza que yo reconociera lo que llevaba años negándome, ¿qué había de malo en todo aquello?
Laura permanecía incorruptible, como si aquello no fuera con ella. Tenía que decirle algo, algo que me sacara de aquel aprieto en el que yo sola me metí.
–    Lo siento – fue lo único que logré pronunciar.
–    ¿Por qué exactamente? ¿Por irte el otro día de esa forma? ¿Por no contestar a mi correo? ¿Por no aparecer por el bar para hablar conmigo? ¿Por besar a esa amiga tuya porque me viste llegar? ¿Por gritarle a todo el mundo que no querías hablarme? ¿Puedes especificar el motivo de tu disculpa? – estaba tan enfadada que mis lágrimas debían pasar desapercibidas a sus ojos.
–    Por todo.
–    ¿Por todo? Muy bien. Pues nada, que te vaya bien.
–    ¿Te vas?
–    Sí, ya te has disculpado que es lo que querías. No tengo nada más que hacer aquí fuera. Voy dentro a seguir disfrutando de la noche.
–    No te vayas, por favor.
–    Primero no quieres saber nada de mí, luego no me hablas y ahora no quieres que me vaya. Mira, no te entiendo, cuando te aclares, me escribes, me llamas o me mandas una paloma mensajera, pero esta noche no estoy dispuesta a aguantar nada más. Ya he tenido suficiente paciencia contigo. Los bollodramas, para las series, a mí déjame tranquila – sentenció alejándose sin darme tiempo de réplica.
Seguí sus pasos. Una vez dentro del bar, pasé por su lado, cabizbaja, ella ni me miró. Me dirigí directamente a los brazos abiertos de Carmen, y allí explotó mi angustia. Ni las cálidas caricias de mi amiga por la espalda conseguían que mi respiración sonara constante. Me sacó del garito sin dejar que mi cabeza se levantara de su pecho, supuse que me quería ahorrar el disgusto de ver a Laura otra vez.
Fuimos al garaje, cogimos el coche y nos marchamos. No sé qué dirección tomamos, no era capaz de distinguir ningún lugar, no había señal alguna que disparara mis recuerdos. Aparcamos en la calle, pero no era la mía, no sé dónde estaba.
–    Anda, sal del coche. Hoy te quedas a dormir conmigo.
Como una marioneta, bajé del automóvil, entramos en la casa, me sentó en un sofá que se encontraba en una estancia muy amplia y se situó a mi lado.
–    Ais, mi pobre pequeña. No te lleves estos malos ratos. De verdad, no merecen la pena. Ahora preparo tu habitación y mañana te levanto para ir a trabajar. Creo que usamos más o menos la misma talla, te dejaré algo de ropa.
–    ¿Soy muy idiota? –pregunté.
–    Solo un poco, lo normal – contestó sonriendo. Ahora no pienses en eso, vamos arriba y a dormir, que mañana no nos levantan ni con un cubo de agua – me limité a obedecer.
Esa noche no dormí mucho, y la mañana siguiente no mejoró demasiado. Mis ojos dejaban constancia de mi llantina nocturna y encima tenía que ir a trabajar.
La jornada laboral debió pasar por mi lado sin yo darme cuenta, pues cuando quise reaccionar ya eran las tres de la tarde. Tuvo que venir Carmen a por mí, pues yo seguía sentada frente a mi ordenador, sin pulsar ni una sola letra, de hecho, no recuerdo ni haberlo encendido.
Me dejó en casa. Ese fin de semana no pensaba salir, ni con Carmen ni con mis amigas de siempre. Me daría un buen baño, tomaría vino, vería alguna película deprimente y dormiría hasta olvidar.
Estaba preparando el agua cuando el sonido del móvil me sobresaltó. No tenía ganas de hablar con nadie, pero uno de mis lemas era: “si alguien se toma la molestia de llamarte, qué menos que responder”; se notaba que había pagado la universidad trabajando de teleoperadora. Miré la pantalla del teléfono, no mostraba un nombre, sino un número que me era desconocido. Había pensado que sería alguna de las chicas proponiéndome un fascinante plan que yo tendría que rechazar hasta que se cansara de insistir, por lo que, ver una llamada anónima me relajó bastante.
–    Dígame – contesté con mi flamante originalidad.
–    ¿Yoli?
–    Soy yo, ¿quién es?
–    Soy Laura – me llevó unos segundos reconocer su voz.
–    Hola – ya estábamos mi elocuencia y yo.
–    Me ha dado tu número la amiga de una amiga de tu amiga Carmen. ¿Podemos vernos?
–    Sí – contesté con un gritito que denotaba mi gran madurez.
–    ¿Te viene bien en el bar en dos horas?
–    Sí, claro.
–    Bueno, pues ahora nos vemos. Un beso – una coletilla tan usada que conseguía que me enrojeciera si venía de su boca.
–    Hasta ahora.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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