Día 4

Pasaron días hasta que volví a encender el ordenador. Tenía miedo, un irracional pánico a que al encender el portátil algún tipo de documento le dijera al mundo que estaba ahí, y eso llegara a oídos de Laura. Pero saqué valor de donde no sabía que tenía, y prendí aquel botón como si fuera la última cosa que iba a hacer.
Mi correo desbordaba, una decena de ansiosos vendedores me colapsaban la pantalla, pero entre aquellos anuncios de Viagra, dietas milagro y citas con desconocidos, uno destacaba, era ella, y yo tenía a un click las respuestas a mis miles de preguntas.
“Hola guapa. ¿Cómo estás? ¡Qué formal me he vuelto! Bueno, no me enrollo mucho. Me has dejado preocupada, no entiendo por qué saliste corriendo, tampoco es para tanto. Me viste un día, te parecí mona y ya está, no hay nada malo en todo eso. Supongo que te dio vergüenza, aunque me sorprendió que lo confesaras, dudo que yo lo hubiera hecho. Bueno, vale, en cierto modo entiendo que salieras corriendo, pero somos amigas, o al menos eso te considero, escríbeme y quedamos para tomar un café. Mejor aún, te lo pongo fácil. Suelo ir todos los días a “NUESTRO” bar, sobre las seis de la tarde, pásate y hablamos. Un besazo niña.”
¿Qué debía hacer yo ahora? ¿Ir al lugar en el que empezaron todos mis problemas y hablar con mi fantasía erótica? No, tenía que pasar de todo esto. Empezaría de nuevo. Mi compañera de trabajo me dijo que era lesbiana hace años, siempre quiere que salga con ella por el ambiente. Esta vez aceptaría su invitación. Conocería a sus amigas, y no habría malos entendidos. Pero antes tenía que confesar que yo también entendía. ¡Qué complicado es todo!
Cogí el teléfono, llamé a Carmen y, sin decirle mi nueva admiración por el sexo femenino, le comenté cuánto me intrigaba eso del mundo gay. Quedamos esa misma tarde. Chueca iba a verme volver, y yo sería una persona más madura, capaz de estar en su sitio.
Vino a buscarme en coche. Una locura intentar aparcar en el centro de Madrid un jueves por la noche, pero bueno, ella ya sabía que su coche dormiría en Vázquez de Mella. Me presentó a un montón de chicas. Había para todos los gustos, altas, bajas, guapas, simpáticas, chulas, bueno, un sinfín de caracteres. Todas parecían encantadas de tener un nuevo miembro al que escudriñar, y yo me dejaba, total, aquello solo sería algo pasajero, y mi vida no era demasiado interesante.
Fuimos a locales pequeños, que se llenaban según cruzábamos la puerta. Todo era muy divertido, en el grupo había novias, exnovias, novias de exnovias, incluso conocían íntimamente a alguna camarera, lo que venía muy bien a la hora de pagar las consumiciones. Dejé mi copa de vino por una noche, no parecía estilarse mucho por esos lares, y me pasé a la cerveza, bebida muy apreciada en esta zona, y que yo saboreaba añorando el sabor de un buen rioja.
Carmen estaba especialmente radiante, se notaba que ese era su sitio, su gente, se veía que estaba cómoda entra aquella marabunta de mujeres. Se preocupó por mí toda la noche, quería saber si estaba bien, si disfrutaba de su compañía, cosa que por supuesto hacía. En una de sus visitas, me susurró al oído: “¿Vas a decírmelo ya?” Mi cara debió ser una respuesta insuficiente, y prosiguió: “No pasa nada, cielo. Si no estás preparada para admitirlo, tranquila”. Una voz salió de mi interior afirmando: “Sí, me gustan las mujeres”. Me acobardé después de soltar mi nuevo gran secreto, pero Carmen me abrazó con dulzura, reconfortándome y volviendo a configurar mi mente, para regresar a un estado de calma. Suspiré aliviada, tampoco había sido la cosa para tanto y ahora podría ser más yo que nunca. Aunque le rogué que no comentara nada en el trabajo, aún no estaba lista para lo que se me podía venir encima.
Entre la gente del local pude distinguir un rostro conocido, una de las chicas con las que había salido en mi primera noche en el reino de Safo. Me abrazó con gran efusividad, y a mí me tocó disculparme por mi huida alegando un fuerte dolor de cabeza. Carmen me miraba asombrada, y cuando mi interlocutora se marchó con sus amigas, se acercó a mí.
– Veo que no soy tu primer plato. ¿Por qué no saliste conmigo primero? ¿Es una de tus nuevas amantes?- no tenían fin sus preguntas.
– Lo siento, pero me daba mucha vergüenza. Y no, no es una amante, es solo alguien que conocí en una kedada, no hay mucho más que contar.
– Ya, ya, por eso todo su grupito te están mirando.
– Es que estoy muy buena – dije escudándome en el sarcasmo.
– Sí, pues estate atenta, porque la que se te acerca ahora está tremenda. Si no la quieres tú, me la pido para Reyes y sin envoltorio.
Mi cerebro decía que no me volviera, pero mis instintos más primarios se adueñaron de mis músculos. Al girarme, no podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Ella, era ella nuevamente, Laura, la mujer que no dejaba de entrar y salir de mi vida. Estaba frente a mí, con su preciosa sonrisa.
Laura estaba tan radiante aquella noche, que mis palabras se amontonaban en mi boca como niños a la salida del colegio. Su pelo largo caminaba al compás de sus caderas, proyectando un halo de seguridad que a mí me intimidaba desmesuradamente. No sabía qué hacer, ni qué iba a decir a aquella mujer tan bella. No sé qué me empujó a hacerlo, pero volví a girarme sobre mis pies, sujeté firmemente a Carmen por la cintura, y le besé. Creo que ha sido el momento más bochornoso de mi corta historia, pero seguro que alguien hablará de aquella loca que besaba sin parar a una muchacha asustada al tiempo que se ponía tan colorada que el humo de sus mejillas inundaba la estancia.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Día 4

  1. Dyby dice:

    :O Ay madre sa liao parda! Cómo reaccionó Lauraaa??!

  2. remendona dice:

    Mañana se desvelará. Gracias por leerme Dyby. Un besazo.

  3. Carlie Doe dice:

    ahh joder, la has cagado T-T

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